Actividades




Después de cuatro años y medio de silencio, reanudamos el contacto con los lectores de esta página. Dicho silencio fue involuntario, ya que por varias circunstancias no pudimos renovar la información de las actividades del Maestro Gabriel Bergogna.

Lejos de lo que pudiera pensarse, él estuvo muy activo durante este tiempo transcurrido. Ocurre que las actividades no consisten sólamente en apariciones mediáticas y actuaciones públicas. Resumiremos lo que realizó el maestro desde 2007 hasta ahora, incluyendo aquello que no se ve.

Junto a su esposa, Claudia Mercatante, ofreció un recital de piano y poesía en el que sus interpretaciones se intercalaron con las poesías de ella, en el Museo “Isaac Fernández Blanco”, al que siguió una conferencia ilustrada que ambos brindaron en la Casona “Carlos Thays” del Jardín Botánico de Buenos Aires, titulada “Las Artes en el Siglo XXI”. Asimismo, siempre junto a su esposa, estuvo en el programa televisivo “Impacto Chiche”, a cargo del periodista Samuel Gelblung. Sería muy largo enumerar la cantidad de entrevistas radiales y televisivas que le hicieron al maestro, ya sea solo o acompañado por Claudia. Simplemente mencionaremos que en todas ellas, ambos se refirieron a una diversidad de temas que conocen perfectamente bien, ya que el matrimonio aspira a ser integral, pues no se remite a sus propias actividades artísticas. Las grabaciones del Maestro Bergogna fueron difundidas en Radio Nacional Clásica y Radio General San Martín, entre otras. También ejecutó en vivo algunas de sus creaciones en la primera de ellas.

En cuanto a su producción musical, compuso más canciones sobre textos de Claudia y reformuló la orquestación de su segunda sinfonía, transformando el último movimiento en una obra independiente para coro y piano, sin abandonar la función que tiene el fragmento como final de la sinfonía. También compuso la música incidental para la obra de teatro “Napoleón ante sí mismo” de Claudia Mercatante, que puede leerse en el Enlace Actividades de su página. La “Suite Napoleónica” para orquesta es otra de sus nuevas partituras, y está basada en la novela “El Prisionero”, que su esposa escribió entre 2005 y 2010. Aunque el maestro está trabajando en otros proyectos compositivos, nos detendremos aquí en lo referente a su obra musical.

Los trabajos de investigación humanística también formaron parte de sus actividades, como ocurre habitualmente. Su libro, Por los laberintos de “El Prisionero”, es un testimonio cabal de ello. Se trata de un estudio que él realizó sobre la novela “El Prisionero” que escribió Claudia Mercatante. En este libro, que pondremos a disposición de los lectores en entregas sucesivas, el Maestro Bergogna explica las vicisitudes que atravesaron su esposa y él, para que ella llevara a cabo su obra. Aporta aquellos datos que por razones literarias se dan por sabidos en la novela. Como el libro formó parte de sus actividades, hemos decidido colocarlo en este enlace y no en otro. Esperamos que los lectores disfruten al viajar con la mente y el espíritu a través de él...



Por los laberintos de "El Prisionero"


PRÓLOGO



Cuando comencé a tratar a quien luego sería mi esposa Claudia, ella me pidió dos grabaciones: la Sonata N°14 op.27 N°2, “Claro de luna” y la Sinfonía N°3 op.55 “Heroica” de Beethoven. La segunda de estas obras está relacionada con un personaje históricamente atractivo para Claudia: Napoleón Bonaparte. Nosotros comenzamos a frecuentarnos en diciembre de 1994. Durante el trato previo a nuestro noviazgo, Claudia me mostró varias de sus creaciones literarias, especialmente poesías. Con el transcurso de los meses, su obra poética y pictórica, cobraron un gran impulso. El 4 de agosto de 1995 nos pusimos de novios, lo que trajo como consecuencia la boda tan ansiada el 27 de noviembre de 1996.

Durante todo ese tiempo y posteriormente, el nombre de la escritora y artista plástica Claudia Mercatante, se hizo cada vez más conocido en el mundo del arte, máxime si se tiene en cuenta que ella había creado a mediados de 1995, el método que me permitió ser el primer director de orquesta ciego de la historia de la música mundial. Además, rápidamente se puso a tono con la escritura musical, de tal manera que comenzó a copiar mis obras y a leerme partituras de otros autores. Todo esto y su participación en concursos, publicaciones y frecuentes apariciones mediáticas, hicieron que las obras de Claudia Mercatante fueran tomadas en cuenta con mucha seriedad, ya sea por el público y sus colegas escritores y pintores. Pero aún faltaba algo más: a partir de 1996 una serie de acontecimientos personales nos llevó a ella y a mí, a trabajar cada vez con más ahínco en la investigación humanística que incluía el revisionismo histórico. Esto lo seguimos haciendo hasta el día de hoy, y no ganamos para sorpresas cuando indagamos más y más.

“El Feudo Maldito” fue el primer cuento que escribió Claudia, al que siguió “Lamentaciones”, por la Abuela Constitución, el primer ensayo literario del mundo que se escribió sobre la Carta Magna de un país. Mientras tanto, yo la estimulaba a escribir otros cuentos e incursionar en la novela, género que ella veía muy lejano para abordarlo. En cierto modo, Claudia no estaba todavía plenamente conciente de sus grandes capacidades, cosa que yo tenía muy en claro, y por esa causa le insistí para que comenzara a escribir una obra de tal magnitud. Las cuestiones espirituales, entre las que obviamente no faltaban las artísticas, eran y son temas cotidianos en nuestros diálogos. Para nosotros es algo muy natural hablar de los Illuminati mientras tomamos mate o reflexionar sobre un tema artísticamente profundo a la hora de la comida, cuando tomamos una botella de vino, y hasta en las madrugadas cuando no podemos conciliar el sueño. ¡Cuántas veces nos sorprendieron las altas horas de la noche en pleno invierno buscando en Internet diversos materiales que nos ayudaran en nuestros trabajos de investigación!

En 2002 comenzaron las conferencias; primero en la Biblioteca “Antonio Devoto” y luego en 2004 en las dos sedes de la Asociación “Dante Alighieri”. Las conferencias alternaron con diversas presentaciones que hicimos en radio y televisión, en las que exponíamos nuestros trabajos. Yo ya tenía experiencia en disertaciones porque a los 18 años di mi primera conferencia en la Biblioteca Argentina para Ciegos, a la que siguieron otras en diversas salas de la capital y del interior del país, pero para Claudia esta actividad era totalmente nueva. Aunque ella no es de mucho hablar, dominó con su estilo coloquial el arte de la disertación, cosa que normalmente hacemos en forma de diálogo como si las conferencias fueran programas de radio. A partir de 2003 comenzamos a ofrecer recitales en forma conjunta en los que alternan la música que yo ejecuto en el piano y las obras literarias de Claudia, sin que en varios de ellos falten sus cuadros. Este movimiento renovador que nosotros iniciamos, tiene la idea de que se produzca una interacción artística, que no significa una fusión de las artes sino una interrelación.

En una calurosa noche de 2004 Claudia me dijo que había iniciado otro cuento. Fue un par de noches antes de que ocurra la tragedia de Cromañón que sacudió a todo el país. También me dijo que el cuento se llamaría “Descenso a los infiernos” y que describía el terrible viaje que Napoleón Bonaparte tuvo que hacer con los cuatro comisarios que lo custodiaban desde Fontainebleau hasta el golfo de San Rafael donde embarcó hacia la isla de Elba, después de su primera abdicación. Yo estaba un poco desilusionado porque creía que Claudia iba a encarar finalmente una novela, pero me conformé a la idea de que éste, su segundo cuento, podría constituirse en un germen que diera lugar a una futura novela, cosa que ocurrió, aunque con muchas dificultades involuntarias que describiré más adelante. El cuento también las tuvo; sobre todo si se considera que narra un suceso muy poco conocido de la vida de Napoleón.

Después de unas breves vacaciones en Pinamar en marzo de 2005, “Descenso a los infiernos” estaba terminado. En abril visitamos la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires como lo hacemos todos los años. Allí encontramos la biografía que André Castelot escribió sobre Napoleón. Mientras hojeaba el libro Claudia se sorprendió al leer en la parte final una escena casi similar a la que ella había narrado en el cuento. Castelot se basó para su relato en la “Nouvelle relation de l'itinéraire de Napoleón de Fontainebleau à l'île d'Elbe” del conde Friedrich-Ludwig von Waldburg-Truchsess, documento que Claudia no había leído nunca. Si bien el rigorismo histórico del cuento era completo, ciertos marcos escénicos y otros detalles, eran tan idénticos que ambos nos asombramos. ¿Será memoria genética, simple coincidencia o intuición histórica? Claudia cree en esto último y no le faltan razones porque varias veces la intuición histórica y el discernimiento, la ayudaron a determinar diferentes controversias a las que tuvo que enfrenarse, incluso durante la composición de “El Prisionero”, su primera novela que le llevó cinco años de trabajo. Anteriormente, con motivo de su dibujo titulado “La evolución del tiempo”, ocurrió que Claudia gestó una idea sobre la que realizaría la obra. Tiempo después de haber concluido el cuadro, leímos “El Misterio de las Catedrales” de Fulcanelli y cuál sorpresa tuvo Claudia cuando comprobó que la descripción final del libro coincidía en sus rasgos esenciales con el dibujo que ella plasmó en el papel. Estas circunstancias relacionadas con la inspiración, son muy difíciles de describir y aún de comprender. Creo que contrariamente a lo que dice el refrán, todos nacemos sabiendo; ocurre que muy pocos saben conservar y enriquecer ese conocimiento inicial. Si bien entiendo que todos debemos aprender y aprehender aquellos conocimientos que contribuyan a nuestra evolución espiritual e intelectual, tenemos elementos que vienen incorporados a nosotros que nos ayudarán a tomar el buen rumbo si sabemos discernir. Este conocimiento inicial se debe, según algunos estudiosos de la psicología no convencional, a la memoria genética y a la presencia de otros sentidos que van más allá de los cinco que habitualmente nos enseñan en el colegio. De todos modos, no es el propósito de este libro indagar esta materia, sino relatar todas las vicisitudes con las que Claudia debió luchar acompañada por mí, con el fin de llegar a la meta de concluir su novela “El Prisionero”. No obstante, como se puede comprobar algunas líneas más arriba, varios de los factores expuestos recién, tuvieron que ver con la búsqueda de la verdad histórica y con el más riguroso revisionismo. Por eso, invito a los lectores a viajar en el tiempo desde el invierno de 2005 hasta septiembre de 2010.



CAPÍTULO I

Escritores Fantasmas



Claudia Mercatante es la única y verdadera autora de todas sus obras, ya sean literarias o pictóricas. El lector pensará que me estoy burlando de él, o que estoy diciendo una obviedad. Hasta hace poco tiempo yo creía que los nombres que figuran como autores de ciertas pinturas y novelas, eran realmente de su autoría. Por ejemplo, yo tenía entendido que “La última cena” de Leonardo fue diseñada y pintada exclusivamente por él. Sin embargo, a pesar de que los bosquejos y parte de la obra le pertenecen, Da Vinci contó con un equipo de colaboradores que le ayudaron a realizarla. Incluso desde 1504 hasta su muerte en 1519, Leonardo se limitó a diseñar y casi no pintaba personalmente. Lo mismo puede decirse de Miguel Ángel quien llegado un tiempo hizo lo mismo. Auguste Rodin esculpía sus obras hasta cierto punto porque éstas, fueron mayormente terminadas por sus discípulos. Así es que la mayoría de los más prestigiosos artistas plásticos de la historia, tenían sus “escuelas” en las que los discípulos de ellos se encargaban de continuar y finalizar las obras de sus maestros, cuyos nombres figuran como autores de las mismas. Siempre fue bien considerado el hecho de que cuando un discípulo hacía una obra propia que contara con la firma de su maestro como aval, la aprobación de otros maestros y colegas venía de suyo. Camille Claudel y Lola Mora son dos de los tantos ejemplos de lo que acabo de mencionar. En cuanto a Claudia, que es autodidacta, nunca necesitó de ninguna firma aprobatoria y todas sus obras en el campo de las artes plásticas le pertenecen íntegramente.

La literatura no escapa a lo que expuse anteriormente. Aún las cosas son peores: en muchas ocasiones los nombres de los autores que figuran en las tapas de los libros, escribieron muy poco o nada de las obras que se les atribuyen, ya que contaron con “escritores fantasmas”. Un escritor fantasma o “escritor negro”, es alguien que escribe en lugar de quien figura como autor de una novela, un ensayo u otro libro de cualquier género, que no haya sido escrito por él. Resulta llamativo que ciertos autores publiquen año tras año una gran cantidad de títulos. No son escritores superdotados; simplemente no escribieron tales libros y recurrieron para ello a uno o más escritores fantasmas. Aunque el lector se sorprenda, esto no es nuevo. Alexandre Dumas contó con 52 colaboradores para escribir su extensa y cuantiosa obra, siendo el más conocido de ellos el escritor Auguste-Jules Maquet. Para mayores datos sobre Dumas, recomiendo la lectura de la novela “El Club Dumas” de Arturo Pérez-Reverte. También los lectores pueden encontrar en Internet a empresas que proporcionan escritores fantasmas a quienes quieren figurar como autores de libros que no han escrito nunca. Por cierto, que este trabajo debe ser pagado por el supuesto autor a la empresa mediante un contrato absolutamente confidencial. Cuantos menos materiales e ideas del supuesto autor de un libro cuente la empresa el precio será más elevado. Con respecto a Dumas, mayormente ni siquiera los argumentos de las obras eran suyos. Cuando se produjo la ruptura de amistad entre él y Maquet, este último le inició acciones legales por derechos de autor que perdió en los tribunales. Entrado el siglo XX, sus descendientes lograron revertir el pleito.

Los casos de empleo de escritores fantasmas son innumerables pero desconocidos para el gran público. En el prefacio de la novela “Los violadores del mundo”, el escritor norteamericano Jonathan Black, reconoce que en sus comienzos fue el escritor fantasma del multimillonario Paul Jety quien lo contrató para escribir su autobiografía. En otra novela de Black, “Los saqueadores” unos de los personajes protagónicos es un famoso escritor cuya inspiración se agota por el alcohol y las drogas, y la editorial debe utilizar a escritores fantasmas que escriban sus supuestas novelas, aunque en las tapas de los libros figuren el nombre y la foto del escritor malogrado.

Fuera de todo argumento literario, otro autor que tenía escritores fantasmas fue Isaac Asimov. De este hecho se desprende su gran producción bibliográfica. Después de su muerte apareció una supuesta obra póstuma suya. En realidad, la editorial había contratado antes de la muerte de Asimov a los escritores fantasmas correspondientes, de modo que no pudiendo echarse atrás con el pago del contrato dejaron que dicha obra sea escrita por los fantasmas cuando ya el escritor había fallecido. Los derechos de autor fueron cobrados por los familiares de Asimov.

Si a esta altura del libro el lector no se ha desilusionado, puede seguir adelante. En la mayoría de los casos la verdad es dura. Lamentablemente se nos han vendido cuentos de hadas referidos a prolíficos autores de libros y grandes pintores que en realidad contaron con muchos colaboradores para sus obras, y en el caso de los escritores, muchos de ellos ni siquiera escribieron una letra; de modo que la falsa prensa positiva que se les hace, reduce a quien tiene como meta escribir genuinamente a la inexistencia, y lo peor de todo, a la frustración perpetua. De esta manera puede explicarse la publicación de gran cantidad de obras supuestamente escritas por cierto autor en el transcurso de uno o dos años, o dos o tres meses antes de ser editadas. Una pista que los lectores pueden encontrar en libros de esta clase son los Agradecimientos. En varias publicaciones de investigación y aún en novelas, pueden leerse en los “agradecimientos” expresiones como: “este trabajo no hubiese sido posible si no fuera por...” y luego este encabezamiento modelo deviene en una retahíla interminable de agradecimientos y nombres a los que en verdad el supuesto autor del libro le debe la obra y su edición. A esto hay que agregar que las editoriales condicionan a los escritores, sean fantasmas o no, a escribir en un lenguaje neutro y despersonalizado que siga el estilo de la editorial. El papel actual de los correctores es muy distinto al que tenían hace treinta años. Antes, el corrector se limitaba a corregir problemas de tipografía o algún pequeño error fraseológico, cosas que siempre existen a causa de la vorágine de la escritura. Ahora, se corrige el estilo, e inclusive pueden leerse avisos desvergonzados de ofrecimientos como “corrección de estilo”. ¿Cómo puede corregirse el estilo de un escritor genuino? Ocurre que las editoriales quieren imponer lo que Roland Barthes llama “El Grado Cero de la Escritura”. Así, la disolución del lenguaje está asegurada. Las editoriales no se manejan solas. Las instituciones transnacionales que promueven el Nuevo Orden Mundial establecen también los cánones del lenguaje ya sea en el habla como en la escritura. El ser humano es demasiado empírico y le cuesta creer que suceda esto, pero ocurre que está demasiado acostumbrado a una prisión holográfica que no sólamente encarcela su vida sino también la información que recibe su mente. Si tal o cual cosa no se menciona en ningún medio de comunicación masiva, se supone que no existe, y si tal o cual hecho no está en la grilla de noticias diarias, sencillamente no aconteció. Así razona una sociedad mediatizada que ha delegado sus facultades mentales en los medios de comunicación que piensan y deciden por ella.

El “homo sapiens” dio lugar al “homo videns”. La vida de la gente se digitaliza cada vez más, al punto de ocupar casi todas sus actividades. La alimentación es cada vez menos real, de modo que la gran mayoría cree que come y bebe cosas que en realidad no son, sino que se fabrican o modifican mediante productos químicos. Sumados todos estos elementos, la inmensa mayoría de las personas lleva una vida de mentira constante. A raíz de eso, no resultaría difícil creer que cierto escritor publicó muchos libros en poco tiempo. A la gente le gusta que le regalen los oídos y vivir como si su existencia fuese una película. De ahí que en este tiempo todos quieren ser protagonistas, aunque sea a través de su intimidad, como un espectáculo miserable y paupérrimo. Hoy, todos quieren tener su Fotolog, su grupo de amigos en Facebook, aunque no los hayan visto personalmente en su vida, su Twitter donde sólamente se pueden escribir hasta 140 caracteres o sus videos más infames en You Tube. Por supuesto que hay excepciones y como tales son pocas.

Esta exposición que acabo de hacer, suscribe el hecho de que Claudia fue la única y completa autora de “El Prisionero” y yo hice el trabajo que antes realizaba el corrector de imprenta. En el Prólogo dije que el propósito de este libro es narrar las vicisitudes a las que Claudia debió enfrentarse para la composición de su novela. Por lógicas razones afectivas y comunión espiritual yo no fui ajeno a esas vicisitudes. Sufrí y disfruté las circunstancias del mismo modo y con la misma intensidad que ella aunque yo no fuera el autor de la obra.

Para el público masivo es muy fácil creer la historia de una artista exitoso, entendiéndose por tal, a alguien que tiene el aplauso de todo el mundo, que le publican muchas ediciones de sus obras, que expone sus cuadros vez tras vez, o que ofrece una gran cantidad de conciertos mensuales incluyéndose sus obras en todos los recitales. Si existen estereotipos como los que acabo de mencionar, es porque responden a sociedades secretas, a la masonería, al espionaje y al narcotráfico que les dan impulso y cobertura. Nosotros no pertenecemos a esa clase de “artistas”.

El lector puede sentirse sorprendido por lo que acabo de escribir, pero como dijo alguien, “la única verdad es la realidad”. También, el hombre más grande de todos los tiempos, Jesucristo, dijo: “la verdad los hará libre”. Ciertamente, la verdad nos hace libres de la mentira que pulula y pervierte constantemente. Si los grandes autores del pasado fueron publicados, sus partituras ejecutadas, sus obras teatrales representadas y sus pinturas expuestas hasta el día de hoy, no se debió a una reivindicación histórica de su labor. Hasta hace poco tiempo nosotros creíamos en esa falacia, pero nuestros estudios de investigación, nos mostraron la realidad. Los illuminati, la masonería y los servicios de inteligencia, utilizaron para sus fines a los grandes nombres excluyendo a otros que también fueron grandes artistas pero ignorados. Incluso, desde el siglo XIX hasta la fecha se crearon clubes literarios masónicos compuestos por los seguidores de cierto escritor que promovía determinadas ideologías con las que ellos eran afines. Por ejemplo, el Club Dumas, aún hoy tiene sus componentes, según lo revela la novela homónima de Pérez-Reverte que es uno de sus miembros.

También Stendhal, quien dijo que escribía para ser leído y comprendido en el siglo XX tuvo su logia a la que se le llamó el Club Stendhal. A propósito, Vincenzo Consolo, quien hizo el prólogo del libro “Adorable Stendhal” de Leonardo Sciascia, publicación que consta de breves artículos reunidos por su viuda referidos a la idolatría que su esposo profesaba por el escritor francés, nos habla “de los tres grados iniciáticos de los stendhalianos: quienes empiezan adorando, como adolescentes enloquecidos, Rojo y negro; a mediana edad cambian de gusto y se postran ante La cartuja de Parma; y luego, ya viejos, achacosos y presuntamente sabios, sin abjurar de las anteriores, las posponen a Henri Brulard y a los misceláneos escritos autobiográficos, a los chismes, a los bibelots, a las pistas perdidizas, al Mito”. A continuación transcribiré textualmente un comentario editorial sobre la novela “Stendhal Club” de Ricardo Gullón, que me eximirá de mayores comentarios:

“¿Existe el «Stendhal Club»? Los maliciosos aseguran que se trata de una ficción mantenida por un pequeño grupo de entusiastas, pero lo cierto es que desde hace casi medio siglo aparecen de cuando en cuando libros y publicaciones que llevan el marbete de la agrupación, cuya realidad parece acreditada por el mismo procedimiento con que el filósofo demostraba el movimiento. Curiosamente, de la existencia del Club no tenemos más testimonio que los volúmenes en que se recogen los trabajos de sus miembros, y esos volúmenes (forzoso es confesarlo) no se ofrecen con frecuencia a la curiosidad de los aficionados. En 1904 publicó Casimir Stryienski las primeras «Soireés du Stendhal Club»; en 1908, Stryienski y Paul Arbelet editaron la segunda serie de trabajos, y hasta 1950, en que salen a luz las «Nouvelles soireés» no apareció ninguna otra recopilación de ellos. En los años de la entreguerra, Edouard Champion, secretario del Club, bajo la rúbrica de «Editions de Stendhal Club» publicó una treintena de fascículos dedicados al gran patrono de la sociedad, y en el «Divan», de Martineau, se imprimió buen número de curiosos estudios stendhalianos. Si el Club tiene una existencia algo fantástica, la diligencia y el entusiasmo de los amigos de Beyle no son sino concretísimos y muy inteligentes. La presidencia de esta reducida cofradía recae de derecho en Henri Martineau, en la actualidad el mejor conocedor de la vida y la obra del autor de «La Cartuja de Parma». A él se deben primorosas ediciones de la obra total de este, ediciones críticas, ensayos biográficos y de varia lección, y algunos libros fundamentales, como el «Itinerario», en que sigue día por día la vida de Beyle, y el «Diccionario stendhaliano», donde se encuentran referencias a todos los personajes relacionados con él. Siguiendo el ejemplo de Martineau, stendhalianos y beylistas -según la clasificación de Leon Blum- aportan cada día nuevas iluminaciones sobre el «héroe» y su obra. Ejemplar actividad que nos holgaríamos sirviera de acicate a las asociaciones de «Amigos de...», existentes en España, pues salvo la de Menéndez Pelayo y a temporadas la de Valera, han caído en letal sopor. ¿Dónde están los Amigos de Galdós o los de Miró, un día diligentes y activos?”

Mi finalidad no es negar los méritos de aquellos grandes artistas que los tuvieron, ni de los muy escasos que los tienen en nuestro tiempo, pero las cosas deben colocarse en su punto justo. La idea de que los grandes artistas y las grandes obras permanecieron vigentes a través del tiempo por una merecida justicia histórica, hubiera sido muy lógica y loable, pero los hechos ocurrieron de otro modo. Con esto quiero significar que el impulso que tuvieron muchos autores hoy considerados como “clásicos” se debió y se debe a razones que van más allá del arte.

La sociedad mediática de hoy vive en un entusiasmo perpetuo, en una constante excitación y en una euforia permanente. Muchas veces la gente se reúne y se ríe con fuertes carcajadas sin saber de qué. A esa forma de vivir se le llama “ser feliz”. La masa pretende estar comunicada cuando en realidad está conectada; vive en una soledad colectiva pero al mismo tiempo cada uno de sus miembros quiere exponerse constantemente en los medios neo-digitales. Si a esto se le suma el espíritu consumista del que la mayoría se jacta, ¿cómo podría ser de interés público la creación de una obra que llevó cinco años de incesante y paciente trabajo? ¿Cómo podría considerarse a “El Prisionero” como una novela de elevados quilates literarios, si ningún medio de comunicación filmó, fotografió o grabó a Claudia mientras la estaba concibiendo? Sinceramente, no sería muy divertido para el gran público observar a un artista creando sus obras. Sin embargo, debería interesarle porque la vida de un verdadero artista no se sintetiza en apariciones mediáticas. La concepción de una obra de arte, su realización y su factura final, es un trabajo apasionante y merecedor de ser observado. Pero claro; a una sociedad que se aburre de todo, en la que no cave la reflexión ni la riqueza interior, sería imposible que le interese algo tan contrapuesto a su manera de vivir.

Volviendo al tema de los escritores fantasmas, no puedo dejar de lado al más famoso de ellos. Se trata de Francis Bacon, quien además de pertenecer al “Colegio Invisible” y escribir las obras que llevan su firma, hizo lo propio con las atribuidas a Marlowe y Shakespeare. En 2006 la investigadora norteamericana Virginia Fellows publicó su libro “El Código Shakespeare”, en el que después de largos años de estudio, logró descubrir que Marlowe, Shakespeare y Bacon eran un solo escritor cuyas obras fueron realizadas por el último de los nombrados. Hasta 1723 nadie dudaba de la autoría de las obras de Shakespeare. A partir de esa fecha comenzaron a levantarse algunas voces que cuestionaron la legitimidad de Shakespeare como el autor de las obras que firmaba. En la primera mitad del siglo XIX Teresa Bacon divulgó la idea de que las obras de Shakespeare fueron escritas por varios miembros del “Colegio Invisible”, con el argumento de que dichas obras estaban demasiados bien escritas como para ser atribuidas a un solo autor y que faltaban muchos datos biográficos sobre el propio Shakespeare. Escribió varios libros sobre el tema. Como puede notarse los argumentos de la señora Bacon son muy conjeturales y carecen de rigor histórico. No obstante, Virginia Fellows logró descifrar el enigma cuyo secreto muchos conocían pero nadie quería decir para no quedar mal parado ante la corporación intelectual.

William Shakespeare fue un actor que perteneció a “La Compañía de los Hombres de la Reina”. Al principio actuó bajo el nombre de Christopher Marlowe, quien supuestamente fue asesinado después de salir de una taberna en 1593, cosa que nunca ocurrió. Casualmente, la última obra de Marlowe coincide con el estreno posterior de la primera obra de Shakespeare escrita el año anterior. Se trata de “La trágica historia del doctor Fausto” y la trilogía de Enrique VI respectivamente, que según Félix Huerta Tejadas tiene un aire marloweliano. A partir de ese momento comenzó a aparecer la firma de William Shakespeare, para las obras teatrales que Francis Bacon escribía y que en un principio llevaban la firma de Marlowe quien en realidad era el mismo Shakespeare. Las causas de esta patética historia son muy graves: Bacon y su hermano Robert Devereux, conde de Essex eran hijos de la Reina Isabel de Inglaterra quien se había casado secretamente con Robert Dudley, futuro conde de Leicester. Los niños fueron dados y educados por dos familias diferentes, una de las cuales era el matrimonio Bacon. Isabel, “la Reina Virgen”, como siempre se le llamó, había dicho varias veces que no le daría un Rey a Inglaterra, de modo que su matrimonio y sus dos hijos fueron deliberadamente ocultados durante siglos. Como si esto no bastara, Marlowe-Shakespeare quien era un solo actor que simplemente firmaba las obras escritas por Bacon utilizando ambos nombres, pertenecía al servicio secreto de inteligencia de la Reina, creado por Sir James Walsingham en 1580 como contrapartida del servicio de inteligencia papal, denominado La Santa Alianza, originado en 1566. “La Compañía de los Hombres de la Reina”, era una pantalla que practicaba el espionaje en sus giras teatrales. Esas giras eran la excusa perfecta para recabar información. Es obvio decir que la compañía era un ala de los servicios secretos de Walsingham. Esto se puede ver mejor si se conoce bien el período de la historia inglesa que va desde la muerte de Enrique VIII en 1547 hasta la de Oliver Cromwell en 1658. Las conspiraciones estaban a la orden del día, y la época isabelina fue particularmente caracterizada por varios intentos de derrocamiento y asesinato contra la Reina que no tuvieron éxito por la eficacia de su servicio secreto de inteligencia. Sin ir más lejos su hijo menor Robert, quien llevaba el mismo nombre de su padre, estuvo involucrado en una de las conspiraciones, hecho que lo llevó a ser condenado a muerte y decapitado en Tower Green el 25 de febrero de 1601. Alguien podrá decir que los retratos disponibles de Marlowe y Shakespeare son bien distintos. El primero se nos presenta con cara alargada y blanca, cabello largo y vestido de gala; en el segundo se observa una barba más pronunciada, rostro ovalado y tez más oscura, cosa que es un dato no menor ya que Shakespeare representó a “Otello” quien tiene ese aspecto. Finalmente no debemos olvidar que Marlowe-Shakespeare era actor. Sin embargo, otro retrato supuestamente de Marlowe que nos ofrece Virginia Felows guarda una semejanza con el de Shakespeare. Además, es bueno mencionar que la sustitución del apellido Marlowe por el de Shakespeare, se debió a que el actor en cuestión era un agente de inteligencia y como tal tuvo que cambiar su identidad a causa de su vida licenciosa que también comprometía seriamente a James Walsingham.

Un caso llamativo de escritor fantasma es el de James Macpherson. Durante la segunda mitad del siglo XVIII, Europa se vio conmocionada por la aparición del libro “Cantares heroicos de Escocia vertidos de la lengua gaélica a la lengua inglesa por James Macpherson”. Estos cantares fueron atribuidos al bardo ciego escocés Ossian, quien vivió en el siglo III de nuestra era. La historia oficial que inclusive fue suscripta por Macpherson dice que unos caballeros escoceses lo subvencionaron para viajar a las serranías y traducir del gaélico al inglés, estos cantares cuya autoría fue inmediatamente atribuida a Ossian. La verdad es que Macpherson viajó a Fingal con un amigo más versado en el gaélico que él, y recogió algunos fragmentos de Ossian que efectivamente vivió y escribió, pero cuya obra se perdió casi por completo. Macpherson es por lo tanto, prácticamente el autor de los poemas de Ossian, cuyos originales son muy fragmentarios. En el naciente devenir del romanticismo, la masonería escocesa quiso tener aquellas obras literarias que resaltaran el sentimiento nacional y el patriotismo. No olvidemos que en ese tiempo el nacionalismo comenzaba a cobrar mucha fuerza en la sociedad, sustituyendo así al rey por la nación. Hubo muchas discusiones académicas acerca de la mayor o menor participación de Macpherson en la elaboración de la obra de Ossian. El resultado final de todo esto es que sólamente se conservan algunos fragmentos aislados del antiguo bardo y todo lo demás se le debe a Macpherson, quien con su escritura romántica exaltó los corazones de la gente, y aún Goethe y Napoleón se sintieron atraídos por aquellos cantares. Está claro que no fue un interés comercial lo que indujo a Macpherson a ser el escritor fantasma de Ossian, sino su espíritu nacional.

Se ha querido justificar la utilización de escritores fantasmas, aduciendo que muchos autores estaban apremiados por las revistas literarias y las editoriales, ya que hacían conocer sus supuestas obras mediante entregas regulares, y esa situación no les daba tiempo para escribir. Ese argumento es esgrimido inclusive en nuestro tiempo, pero no se justifica de ninguna manera. Alexandre Dumas no conocía a todos sus escritores fantasmas. Era una especie de industria literaria que llevaba el rótulo de su nombre. Hoy, los libros atribuidos a las personalidades del deporte, la política, y la televisión, son escritos por fantasmas que ponen su pluma al servicio de esta gente.

Un caso totalmente opuesto a todo lo recién mencionado es el de Sir James George Frazer, quien publicó la primera edición de su libro “La rama dorada” en dos volúmenes en 1890, ampliándose a doce entre 1907 y 1915 y reduciéndose a uno solo en 1922 por expreso pedido de la editorial. Frazer escribió él solo su único libro conocido e investigó por sí mismo todo lo relacionado con el tema al que se aplicaba e indagó también por sí mismo las fuentes.

La realidad nos muestra que las cosas son muy distintas a las que nos quieren hacer creer o las que nos gustarían. Soy conciente de que muchos lectores se sentirán decepcionados y hasta heridos por lo que acabo de exponer. Yo tuve la misma sensación cuando me enteraba de cada dato nuevo acerca de lo real y lo ficticio en la producción artística. No obstante, el conocimiento de estas verdades nos libera de muchas mentiras míticas que se enseñaron durante años en escuelas y universidades. ¡Cuántas personas pueden sentirse que no son nada ante tantos nombres rutilantes! ¡Cuántos jóvenes pudieron haber tenido una inclinación artística genuina y no la realizaron porque creyeron que era imposible, ya sea por influencia externa o por la mala enseñanza recibida!

Para finalizar este capítulo, es conveniente recordar que toda bibliografía convencional y aceptada por la corporación intelectual, nunca será cuestionada. En cambio aquellos que no formamos parte de ese sistema corporativo seremos siempre objetados y cuestionados por no repetir los mitos y leyendas que mediante el embrutecimiento intelectual preventivo y la perversión del entendimiento se han remachado durante décadas y centurias en los cerebros de la gente. La honestidad intelectual y la competencia moral son factores decisivos que también aplican al ejercicio de las artes liberales. Es muy doloroso ver en los escaparates de las librerías, publicaciones que dicen en su portada “edición definitiva”. Si la “edición definitiva” de un libro es la última en aparecer, ¿cómo se debería denominar a la anterior? ¿Son los autores de dichas publicaciones lo suficientemente incautos como para no haber revisado los materiales de su obra, o se trata de un fraude editorial? Es verdad que en el pasado se editaron versiones revisadas de diversas obras que fueron realizadas por sus autores, pero ahora asistimos aun abuso de dicha denominación que está más relacionada con el fraude que con una convicción del autor.

Resulta muy importante desmitificar los procesos y las circunstancias de la creación artística y la edición de un libro. Normalmente estas cuestiones se miden con el mismo método exitista a saber, la cantidad de libros escritos y editados por un autor. Debería profundizarse en otras preguntas más graves: ¿tiene el autor de muchos libros en poco tiempo, escritores fantasmas? ¿Quiénes son? ¿Contó el autor de una obra de investigación con los materiales, proporcionados por instituciones y personas, o trabajó él mismo para conseguirlos? Estos interrogantes y sus respuestas ofrecerán a los lectores una visión realista sobre el ejercicio de la escritura y los grandes nombres. Es muy posible que todo lo tratado en este capítulo, le sea chocante al lector; a mí me ocurría lo mismo cuando paulatinamente me enteraba de cómo eran las cosas y la verdadera dimensión de los autores consagrados. Sin embargo, el aprecio por la verdad jugó un papel preponderante en mi persona. Ahora, habiendo expuesto todo lo relacionado con los escritores fantasmas, me ocuparé en el próximo capítulo de los basamentos sobre los cuales Claudia construyó su novela, sin escritores fantasmas ni ayuda institucional.



CAPÍTULO II

Las Cuatro Columnas



Una obra musical académica puede ser percibida de tres maneras: la estética, la técnica y la totalizadora. La percepción estética está relacionada con la belleza que el oyente recibe en su fuero íntimo. La técnica abarca el conocimiento del oyente sobre cuestiones como la orquestación, la forma, el contrapunto, etc. Ese conocimiento técnico le permite distinguir diversos aspectos que un oyente no avezado en estas cuestiones, no percibe porque las ignora y por ende no las capta. La audición totalizadora implica un entendimiento y un discernimiento de aquello que va más allá de lo convencional. Excede a la música misma y se relaciona con el mensaje final que el compositor quiso transmitir. Podría decirse que se trata de una percepción esotérica de la música. No hay que olvidar que en el siglo XVIII se estableció la “teoría de los afectos”, que daba a cada tonalidad un significado distinto. Yo no puedo extenderme sobre este tema porque el propósito de este libro es otro. Sin embargo, bien cabe esta acotación preliminar con un fin relacional respecto de la literatura. Una obra literaria académica tiene cuatro lecturas: la literal, la alegórica, la esencial y la total. En la lectura literal se comprenden los conceptos básicos expuestos, como la línea argumental, la trama, el lirismo, etc. La lectura alegórica es un poco más profunda; la persona capta todas aquellas figuras literarias que utilizó el autor con una finalidad expresiva. La lectura esencial remite a una percepción más compleja de la obra; el dinamismo, los ritmos poéticos y la potencia de la expresión, son algunos elementos que comprenden la esencialidad. Por último, la lectura total tiene el mismo sentido que la audición totalizadora de una obra musical, es decir que se refiere al fondo y al trasfondo del mensaje emitido. Con las artes plásticas sucede lo mismo; la visión literal de un cuadro hará que los mensajes subliminales sean recibidos por quien ve la obra sin darse cuenta de ello. Todas estas consideraciones están aquí referidas porque la gran mayoría de los artistas fueron y son parte de diversas sociedades secretas, un impedimento para expresarse directamente. Corresponde reconocer también que una expresión muy literal deja de ser artística, pero ese es otro tema. El mérito de una obra de arte está en la complejidad de los elementos que la componen, y que deben enriquecer el mensaje trasmitido. Muchas veces existe una aparente sencillez que en realidad contiene elementos muy complejos que no son detectados inmediatamente, pero no debemos confundir sencillez con ingenuidad...

Cuando Claudia se propuso el plan literario para escribir “El Prisionero”, quiso establecer su obra sobre cuatro columnas o bases que no responden a los cánones convencionales. Se ha escrito mucho sobre Napoleón Bonaparte, pero siempre dentro de lo tradicionalmente aceptado. Las bases de la novela son: el arte dentro del arte, el esoterismo, los servicios de espionaje en la época napoleónica y el ultra-revisionismo histórico. Quizás le hubiese sido más fácil adoptar el camino trillado y aceptado por todos, pero decidió seguir una senda complicada que requería una investigación muy profunda y ardua que implicaba conseguir materiales bibliográficos y documentos que normalmente, lejos de ser expuestos son deliberadamente ocultados. Por esta razón “El Prisionero” es una novela documental, es decir “de no ficción”. A través de los siglos el género de la novela pasó por diversos estados de cosas. Desde la novela puramente ficcional hasta la de “no ficción”, el género atravesó los caminos de la novela histórica, la amalgama de ficción y realidad, la postura de un marco real en el que se desarrolla una trama de ficción, etc. En este caso, “El Prisionero” responde a un rigorismo histórico en el que los personajes hablan por sí mismos, sin que la mayoría de los diálogos hayan sido creados o inventados. Como ejemplos conocidos por el gran público de esta clase de novelas, puedo mencionar a “La Orquesta Roja” de Gilles Perrault y “Odessa” de Frederick Forsyth. Estos dos escritores tuvieron acceso directo a archivos documentales y a declaraciones testimoniales de los protagonistas que vivían en el tiempo de escribir sus respectivas obras.

Anteriormente mencioné las cuatro columnas que constituyen las bases de “El Prisionero”. Ahora pasaré a analizar cada una de ellas.


El arte dentro del arte

El primer basamento nombrado es el arte dentro del arte. Es muy difícil para quien no conoce todas las aristas de la vida de Napoleón, asociar al Emperador de los franceses con el arte. Normalmente las biografías, las novelas y las películas que se hicieron sobre él, nos muestran sólo dos aristas de su existencia: el amoroso y el militar. La gente conoce a Napoleón como “un loco de la guerra” y “un amante insaciable”. La realidad es que la vida de Napoleón tuvo muchos aspectos que fueron encubiertos por la historia oficial, entre los cuales está su relación con el arte y la historia. Durante su juventud comenzó a escribir una “Historia de Córcega”, que no pudo continuar porque Paoli, el hombre fuerte de la isla en ese entonces, no le envió los materiales faltantes que Napoleón le solicitó. Sin embargo, varios cuentos y relatos nos muestran la faceta artística de nuestro protagonista: “Clisson et Eugenie (Clisson y Eugenia)”, “Une Aventure au Palais Royal (Una Aventura en el Palacio Real)”, “Le Masque Prophete (La Máscara Profeta)”, “Les Réfugiés de la Gorgona (Los Refugios de la Gorgona)” y “Dialogue Sur L'Amour (Diálogo sobre el Amor)”, son algunos ejemplos que nos muestran a un Napoleón autobiográfico y auto-referencial, y que revelan un espíritu influido por el “Sturm und Drang (Tempestades y pasiones)”, traducción más o menos aproximada de aquel breve período artístico precedente al Romanticismo cuyo máximo exponente literario es “Las desventuras del joven Werther” de Goethe, con quien Napoleón tuvo dos conversaciones artísticas varios lustros más tarde.

“Une Aventure au Palais Royal”, relata un suceso del que Bonaparte fue protagonista. El jueves 22 de noviembre de 1787, bajo las arcadas del Palacio Real, el joven militar conoce a una muchacha abocada a la prostitución. En ves de ir directamente a los hechos, Napoleón comienza a hablar con la chica quien le cuenta su historia. Ella es provinciana y cuando estaba a punto de casarse su novio la abandonó. Después, conoció a otro joven que con falsas promesas la llevó a París, abandonándola también. Por causa de la pobreza, la joven se prostituyó. En determinado momento, la chica le dice a Napoleón que tiene mucho frío y lo insta a ir con ella a su casa, donde él recibirá su porción de placer, como la joven le prometió.

“Le Masque Prophete”, nos habla de Hakim, un fanático profeta árabe, que predicaba la guerra civil y ocultaba su ceguera tras una máscara de plata. Este personaje me recuerda a Tiresias, el vidente ciego que reveló a Edipo la causa por la que Tebas sufría la peste que la asolaba. Hakim existió y decía que utilizaba esa máscara para que los hombres no se deslumbraran por la luz que irradiaba su rostro. Napoleón dice de él en su obra: “¡A qué extremo puede llegar un hombre impulsado por su ansia de fama!” Es interesante mencionar una extraña semejanza entre “La Máscara Profeta” y el cuento “El tintorero enmascarado Hakim de Merv” de Jorge Luis Borges. Cuando el especialista británico Andy Martin, perteneciente al Departamento de Estudios Francófonos de la Universidad de Cambridge, le hizo notar al escritor argentino dicha semejanza, él le respondió que era uno de los pocos que había leído la obra de Napoleón. El propio Martin dice que los escritos de Napoleón son muy difíciles de hallar para leerlos, ya que pertenecen a aquellos libros que están disponibles para un grupo selecto de personas. Esa exclusividad no se debe a la tenencia de una capacidad especial de comprensión, sino a la pertenencia a sociedades secretas como la Orden del Imperio Británico a la que pertenecía Borges. Es injusto ¿no? Por esta causa no puedo expresarme sobre “Los Refugios de la Gorgona”.

Igualmente, mi idea no es comentar cada obra de Napoleón por que sus escritos son muchos y variados. El Napoleón Bonaparte que Claudia muestra en su novela le resultaría completamente desconocido a la gente porque su personalidad era muy abarcadora y tenía la capacidad de ocuparse de muchas actividades. Siempre se habla de las batallas que libró, de su actividad política y de sus amores; pero ese Napoleón que nos ofrece la corporación histórica oficial está tergiversado y hasta podría decirse que es falso. Se escribió mucho sobre Napoleón y se realizaron muchas películas acerca de su vida, pero a pesar de todo se ha ocultado al verdadero Bonaparte. Por ejemplo, una faceta que nunca se muestra de él y que en “El Prisionero” está perfectamente plasmada por Claudia, es la artística. Su ligazón con el arte, la filosofía, la historia y el esoterismo es muy grande. Claudia debió investigar mucho para rescatar estos elementos escondidos con el fin de dar al protagonista de la novela su verdadera personalidad.

Lector de Plutarco, Platón, Heródoto, Voltaire, Racine y muchos otros autores, Napoleón llegó incluso a darle indicaciones a Talma, uno de los actores trágicos más célebres de su tiempo, sobre cómo debía personificar a Julio César en el escenario. Evocando estas circunstancias, pueden leerse en el capítulo final de la novela titulado “Tras el signo, un nombre...”, las siguientes expresiones del protagonista: “...Ciertamente, ¡qué gran talento tiene! ¡Qué impresionante!” –reflexionaba el Emperador, al verlo en ese momento encarnar al troyano Héctor-. “Muchas veces le he dado indicaciones que supo hacerlas fructificar, como en el caso de Julio César en la Muerte de Pompeyo. Ha sido magistral aquella interpretación de la obra de Corneille en Fontainebleau. Allí me ha hecho ver a César por primera vez. No lo olvidaré nunca... Mas ahora Héctor. Su existencia tan heroica y trágica en sí misma, me es muy cercana al recorrer mi mente... ¡Qué significativo en verdad! ¡Y Talma! ¡Es conmovedora su actuación! ¡Qué emociones contradictorias surgen y me estremecen! ¡Pero debo dominarme! Sí, tengo que permanecer imperturbable. El público me rodea. Sus miradas indiscretas acechan... ¿Pero cómo lograrlo, cuando lo sublime está ante mis ojos, y la angustia más atroz” –en ese momento apoyó su mano izquierda sobre el corazón- “me lacera el pecho?...”

Para Napoleón, las actividades artísticas formaban parte de su política de estado. Redactó ordenes especificas sobre cómo tendrían que hacerse las cosas en los ámbitos culturales que estaban bajo la órbita de su gobierno. Constantin Stanislavski, en su libro “Preparación del actor”, nos refiere que su maestro Tortsov, relataba a los alumnos que Napoleón “firmó la histórica acta sobre los reglamentos del Teatro Francés en París”.

Antes de pasar a la base siguiente sobre la que está edificada la novela de Claudia, quiero detenerme en dos cosas. Primeramente me referiré a “Clisson y Eugenia”, que Napoleón escribió en 1794. Él tomó como protagonista masculino de su relato a un personaje real. Se trata de Olivier de Clisson, quien fue condestable del ejército francés durante los reinados de Carlos VI y Carlos VII, cuando Francia libraba la Guerra de los Cien Años. Napoleón utilizó el nombre de Clisson, suprimiendo el de Olivier. En cuanto a Eugenia, la protagonista femenina, el nombre fue tomado por su trato con Bernardine Eugénie Désirée Clary, con quien el joven militar quería casarse. Él la llamaba por su segundo nombre Eugénie, porque no le gustaba el tercero Desirée, que significa Deseada. El matrimonio no llegó a realizarse por la indecisión de la joven y la oposición de sus padres, quienes no veían un futuro promisorio en Napoleón.

Volviendo a “Clisson y Eugenia”, el argumento podría resumirse así: Clisson, un alto jefe militar del ejército francés se casa con Eugenia y tienen hijos. En determinado momento, el oficial es llamado a la guerra. Durante su ausencia, las cartas entre marido y mujer son frecuentes. Clisson es herido en una batalla y envía a un oficial subalterno suyo llamado Berville para avisar a su esposa sobre lo sucedido. También le pide que la reconforte y que la acompañe. A partir de ese momento las cartas de Eugenia son cada vez más espaciadas. Indudablemente, Berville cumplió lo que se le ordenó con creces... Finalmente comprendiendo la situación, Clisson escribe una última carta a su esposa y se lanza a una batalla en la que muere.

En el relato de Napoleón, al igual que en la realidad, hay dos hermanas: Amelia y Eugenia. Amelia será la futura esposa de José Bonaparte en la vida real. Después de casarse con Josefina viuda de Beauharnais, Napoleón fue engañado por su esposa cuando él comandaba la campaña de Italia y también cuando fue a Egipto. El teniente Hippolyte Charles, fue el amante de Josefina durante varios años. Muchas veces Napoleón tuvo la idea de morir en batalla e incluso de suicidarse. Acerca del suicidio, transcribiré seguidamente un fragmento de un ensayo que escribió a los 17 años, es decir en 1786:

“Siempre solo entre los hombres, me alejo para soñar conmigo mismo y liberarme en la privacidad de mi melancolía. ¿De qué costado girará ella hoy? Del costado de la muerte. En la aurora de mis días todavía puedo esperar vivir largos años. ¿Qué furia me lleva a desear mi propia destrucción? ¿Qué hacer en este mundo? Dado que debo morir, ¿por qué no matarme? (...) Nada es placentero para mí, ¿por qué soportar los días donde nada me sale bien? (...) ¡Los hombres se han alejado de la naturaleza! Son cobardes, viles, egoístas. ¡Mis compatriotas, cargados de cadenas, besan la mano que los oprime! (...) Cuando la patria no está mas, un buen patriota debe morir”.

La segunda idea que deseo rescatar es que aún en los escritos políticos, las cartas, los informes militares y de espionaje, Napoleón Bonaparte guarda un estilo literario que está muy lejos de la frialdad burocrática que se instalaba en el mundo promovida por los ingleses. Las cartas de amor que escribe no expresan sólamente los sentimientos que lo embargan, sino que también son verdaderas joyas literarias que nos muestran a alguien que domina perfectamente el terreno artístico.

Sin embargo y a pesar de lo demostrado, veamos lo que escribió en sus “Recuerdos sobre Napoleón”, el conde Jean Chaptal, quien fue ministro del interior durante el Consulado entre 1800 y 1804:

“Cuando Bonaparte tomó las riendas del gobierno, ignoraba profundamente no sólo los principios de la administración, la jurisprudencia y la geografía, etcétera, sino también las formas de gobierno que habían existido antes de la Revolución. Bonaparte había soñado mucho, pero jamás había estudiado. Y los conocimientos de matemáticas que tanto se le han atribuido eran muy poco amplios”.

Chaptal escribió esas “Memorias” en 1817 durante la Segunda Restauración y las presentó en los salones realistas. Como recompensa, en 1819 recibió de Luis XVIII un escaño en la Cámara de los Pares. Además hay que recordar que este noble hombre fue suplantado por Napoleón en 1804, en los afectos de una actriz de la Comedia Francesa. Desde su nombramiento como Par hasta su muerte en 1832, Chaptal tuvo un papel muy activo en la política de la Restauración, de modo que sus “Memorias” deben ser utilizadas con mucha prudencia por las mentiras que contienen, originadas en el rencor hacia Napoleón y el oportunismo político.

Auguste Marmont, quien fue mariscal de Napoleón y luego lo traicionó pasándose a los Aliados luchando contra su propio país, escribió en sus “Memorias”: “Napoleón seleccionaba sus temas y sus ideas más bien entre las cuestiones morales y políticas que en las ciencias, de las que, a pesar de lo que se haya dicho, no tenía conocimientos profundos”.

Si alguien desconoce la vida de Bonaparte y por ventura lee el libro “Napoleón, revelado por los testigos de su vida” de Jean Savant se encontrará con que el historiador francés eligió cuidadosamente testimonios muy dudosos y tendenciosos, cuya veracidad está en tela de juicio. Por otra parte miente cuando dice que Chaptal no tuvo ningún problema con el Cónsul, cuando en realidad ocurrió lo que mencioné arriba. En suma, Napoleón Bonaparte pudo haber sido un brillante escritor y filósofo si no hubiera frustrado esos talentos por la carrera militar y la política.


El esoterismo en la vida de Napoleón

Ahora me explayaré sobre el papel que el esoterismo desempeñó en la existencia de Napoleón. Esta temática es la segunda columna en la que se basa “El Prisionero”. Lamentablemente, ninguna biografía napoleónica se expresa sobre esta cuestión. Tampoco lo hacen los historiadores. La explicación es simple: tanto los biógrafos como los historiadores pertenecieron y pertenecen a diversas sociedades secretas que les han impedido hablar acerca de esto, invocando el “secreto” que los identifica como miembros. Por esta razón, muchas biografías y libros de historia contienen varias páginas pletóricas de anécdotas y expresiones que casi siempre son las mismas, como si el protagonista de la biografía hubiese dicho y hecho sólamente lo que cuentan los historiadores. Tienen un repertorio de frases y acontecimientos “célebres” que ocultan lo que trata Claudia en “El Prisionero” y sobre lo que escribiré a continuación. Por ejemplo, en el capítulo III titulado “Un Viaje Iniciático”, podemos leer lo siguiente:

“...-Bueno señores hermanos, bien habéis visto que la mayoría está de acuerdo en hacer de este hombre un hermano: si hay alguno entre vosotros que sepa algo de él por lo que no debería ser un hermano directamente, entonces mejor sería para él que lo dijera antes que después de que haya comparecido ante nosotros.

En la sala superior de la fortaleza, alumbrada por lámparas, se prolongó como un poderoso eco la voz del Gran Maestre de la antigua Orden de Malta, cuyo nombre era Ferdinand von Hompesch. No obstante bajo dicho nombre se ocultaba la verdadera y enigmática identidad del conde de Saint-Germain, según nos revela oportunamente Serge Hutin.

Todos los caballeros, armados y ataviados con enormes capas de seda negra adornadas con cruces blancas, reflejaban en sus rostros la aprobación ante las palabras pronunciadas por el Gran Maestre, que estaba a cargo allí de una iniciación de Tradición Templaria altamente cualificada.

El futuro Iniciado en los sacros misterios, estaba en una estancia cerca del Capítulo para ser en ese momento interrogado e instruido en los mandamientos de la orden...”

Esta pequeña muestra, es una de las tantas circunstancias que se ocultan de la vida de Napoleón. En realidad, las sociedades secretas y la masonería, fueron protagonistas determinantes a partir de que comenzó la Historia de este mundo. Desde la creación de los clanes vampíricos por parte de Caín y la aparición de la Orden de la Serpiente hasta la actualidad, se ha ocultado deliberadamente el papel que jugaron en la Historia los seres de naturaleza celestial, las órdenes tecnocráticas, las susodichas sociedades secretas y la masonería. Este tema es muy amplio para tratarlo aquí en su totalidad, de modo que me atendré a lo que tiene que ver con la novela de Claudia. En el capítulo IX, “Más cartas..., y encuentros”, puede leerse este vibrante diálogo:

“-...En una palabra, es preciso establecer un régimen de dominación universal, una forma de gobierno que se extienda por todo el planeta. Es necesario reunir una legión de hombres infatigables en torno a las potencias de la tierra, para que extiendan por todas partes su labor, siguiendo el plan de la Orden. ¡Este, es el fin último! ¡No lo debemos olvidar nunca! Pero para lograr nuestro propósito, se deben tomar de inmediato medidas drásticas. ¡Esto es crucial!

Adam Weishaupt, quien tenía el cargo de Illuminatus Rex en la Orden de los Iluminados de Baviera, enfatizó con severidad al dirigirse a uno de sus doce apóstoles, el barón Karl Theodor von Dalberg que estaba reunido a solas con él en ese momento.

-Eso es lo que yo concibo –le respondió el barón, al pesar con discernimiento cada una de sus palabras-, en vistas de que las circunstancias van tomando cada vez más un alto grado de inestabilidad...

-¿Inestabilidad? –le preguntó Weishaupt al interrumpirlo para luego gritar con furia-. ¡Caos! ¡Un enorme caos es lo que se requiere! ¿Comprendéis cuál es la meta? Las cosas tienen que entrar en estado de agitación, que es el fermento de las profundas transformaciones de las ideas, y por consiguiente de los espíritus y de las conciencias. ¿Cómo poder si no conseguir nuestros sagrados objetivos? ¡Hay que tener puño de hierro! –se expresó como un demente, que está arrebatado por terribles ideas luciferinas-. El ser humano debe cambiar. Sí, tiene que sufrir una honda metamorfosis que lo lleve como consecuencia a no necesitar más del Estado, ni de la religión, ni de la sociedad según los parámetros establecidos, pues habrían al fin caducado al haber alcanzado el hombre la iluminación de su mente –al concluir la frase pensó de pronto en su nombre iniciático que era Spartacus, y lo que implicaba para él dicho nombre, pues se sentía un enviado del Portador de Luz.

-¡Sí, sí! ¡Es el ideal que perseguimos! Tenemos que alentar su progreso para completar nuestra obra que es de incalculable valor para las personas del mundo.

-¿Y cómo cumplirá la Hermandad este magno cometido que se ha depositado en sus manos? -dijo con gravedad mesiánica el Illuminatus Rex.

-Consagrándose a ella –le contestó el barón von Dalberg-, y al hacerlo se estará consagrando por ende a la dicha de toda la humanidad.

-Pero para hacer realidad esta dicha –habló Adam Weishaupt, al mirarlo fijamente a los ojos- hay que continuar socavando los viejos cimientos en los que está apoyada, como su moral o sus costumbres. Tienen que ser abolidas. Es fundamental que sean destruidas íntegramente, y para esto no debe existir obstáculo alguno. Indudablemente, sé a cabalidad que el pecado nos perjudica, pero si el provecho es mayor que el daño..., se convierte en virtud...”

Las actividades de la masonería y de las sociedades secretas siempre se planifican a largo plazo. El alcance del pasaje que acabo de transcribir trasciende la vida de Napoleón y llega hasta nuestros días. Tanto la Revolución Francesa como la Revolución Rusa fueron ensayos que hicieron los Illuminati con el fin de establecer lo más pronto posible el Nuevo Orden Mundial, un gobierno planetario que tendrá a Maitreya, el Anticristo, como presidente del mundo y a las Naciones Unidas como cabecera del poder político durante tres años y medio, luego de los cuales sobrevendrá el Armagedón que traerá el Reino de Cristo de mil años profetizado en la Biblia.

El primer indicio de filiación masónica de Napoleón Bonaparte data de cuando era teniente de artillería. Fue miembro de una pequeña logia de Marsella. Conoció al conde Cagliostro quien debía jugar su papel de “charlatán”, mientras ejercía sus poderes mágicos para cumplir la misión que le encargaron los poderes superiores. Durante la primera campaña de Italia, Napoleón fue iniciado en el rito egipcio de la Orden de Hermes. Cuando emprendió el viaje a Egipto, que no tuvo contrariamente a lo que se dice un objetivo primordialmente militar sino esotérico, fue iniciado en la Orden de Malta por el conde Saint-Germain, quien figuraba como Gran Maestre con el nombre de Ferdinand von Hompesch. En Egipto fue iniciado en los misterios de La Gran Pirámide, debiendo atravesar por todas las pruebas exigidas que bien pueden leerse en el capítulo III, “Un Viaje Iniciático”. Aquí va un fragmento en el que se describe con escalofriante veracidad el final de la iniciación:

“...Después de una terrible lucha contra las agitadas aguas del deseo, donde percibió cómo se desprendía de su cuerpo físico y de los cinco sentidos, llegó exhausto a la otra orilla. Se vistió y tras un breve descanso, comenzó a subir lentamente la escalinata en cuya cima había una plataforma coronada con una gran puerta que ostentaba dos anillas fijas en ella como llamadores. Se quedó por un momento observándolas debido a que le llamó mucho la atención el particular formato, que era el de dos serpientes que se mordían sus colas, proyectando así dos círculos dorados delante de sus ojos ávidos de conocimiento. Seguidamente se acercó más y decidido empujó la puerta; pero de pronto sintió literalmente que lo tragaba la nada, el vacío... Lanzó un grito de horror al perder por completo el apoyo del descansillo que despareció inexplicablemente debajo de él. No podía creerlo, mas estaba en el aire colgado de las manos, mientras un escalofriante vendaval lo sacudía violentamente en medio de la oscuridad, pues había dejado caer la lámpara que llevaba consigo para conseguir agarrase con fuerza de las dos serpientes doradas. Luego de algunos momentos de angustia y terror que le parecieron interminables, cesó como por arte de magia el borrascoso viento. Napoleón volvió a sentir, bajo sus pies, la firmeza del descansillo y ante sus ojos atónitos se abrió completamente la puerta para mostrarle un magnífico templo intensamente iluminado... Estaba consternado, pero era verdad, se encontraba allí, en ese lugar, después de atravesar el reino de los seres del agua, cuya prueba es símbolo del vencimiento del cuerpo de los deseos y posteriormente, pasar por el aterrador mundo de Las Potestades del Aire que dominan con sus diversos poderes la esfera del pensamiento.

Desde el altar del templo, avanzó hacia él un sacerdote para entregarle un anillo y felicitarlo por la firmeza y el valor que había demostrado a lo largo de las duras pruebas que tuvo que afrontar. Luego el venerable anciano le ofreció un vaso de agua pura, que es símbolo de su iniciación y perfeccionamiento espiritual. Bebió Napoleón el cristalino líquido como si fuera un elixir, y al concluir se arrodilló ante la triple imagen de Osiris, Isis y Horus, que es la sagrada tríada egipcia”.

Esta iniciación tuvo un carácter determinante en la futura carrera política de Napoleón, ya que adquirió poderes que no sólamente le permitieron influir sobre sus tropas y la masa, sino que también lo hicieron invulnerable a las balas mortales...

La relación de Bonaparte con los Illuminati está fuera de toda duda. La orden lo utilizó para sus fines hasta que le quitó el apoyo, cosa que también había sucedido con Robespierre y todos los cabecillas de la Revolución Francesa. El hecho de que Napoleón no haya integrado una logia masónica regular, salvo la mencionada logia marsellesa durante su juventud, no quiere decir que no haya sido masón irregular. En este punto haré una pequeña digresión.

La masonería regular no reconoce a la irregular; ergo los integrantes de esta última no son reconocidos por los Grandes Orientes regulares como masones. De ahí que muchos autores niegan la pertenencia masónica de Napoleón, como también lo hacen con respecto a José de San Martín, Simón Bolívar y otros personajes históricos. Los Illuminati están por encima de la Francmasonería en cuanto a poder se refiere. Después de la “prohibición” de la orden en 1785, cosa perfectamente planificada por sus integrantes más conspicuos, los Illuminati se infiltraron en la masonería para trabajar mejor en la clandestinidad.

Las logias napoleónicas tuvieron su culminación en la orden de “Napoleón Magno”, creada por el Emperador para sus más inmediatos colaboradores, una orden de la que él era su máxima autoridad. Obviamente, las logias napoleónicas no pertenecieron a la masonería regular. Actualmente existen órdenes masónicas de orientación bonapartista, algunas de las cuales responden a la masonería regular y otras no. La Universidad de la Sorbona contiene varias de estas logias. En su libro “Talismán”, Robert Bauval y Graham Hancock nos dicen que en 1853 existía la Loge Bonaparte, unas de las tantas logias que llevaban el nombre de Napoleón. Su apotegma rezaba: “Donde imperan las normas de la francmasonería, también reina la felicidad”. No sabemos si esta logia pertenecía a la francmasonería regular, porque si fue así debería estar registrada en las actas que muchas veces fueron destruidas para no dejar pruebas sobre sus tareas. Lo cierto es que las logias masónicas y francmasónicas irregulares tomaron todos los elementos de sus símiles regulares para ser más eficaces. En suma, son cuestiones burocráticas, pero la francmasonería y la masonería regular nunca reconocerán a sus hermanos irregulares. Al fin de cuentas las logias irregulares siempre son creadas por las regulares. Incluso los Illuminati hacen lo mismo.

Con todo, la vinculación de los Bonaparte con la francmasonería está completamente probada. Carlos, el jefe de la familia, era francmasón. En un principio Napoleón colocó a su hermano mayor José como Gran Maestre del Gran Oriente Francés y a Luis como Gran Maestre del Rito Escocés de París. En 1804 los Grandes Orientes se unificaron y Josefina Bonaparte, quien había tenido inclinaciones masónicas algunos años antes en Estrasburgo, fue nombrada Gran Maestra de la francmasonería francesa, en la que desde hacía tiempo se admitían mujeres, hecho que Napoleón ratificó. Por estos motivos el lenguaje y las acciones masónicas eran bien conocidas por el entorno bonapartista.

En 1806 Napoleón ordenó construir el Arco del Triunfo de París, obra que fue concluida recién en 1833. Esta magnífica pieza arquitectónica contiene en su estructura varios símbolos masónicos que incluyen a los isíacos por la relación que París tiene con la barca de Isis. La catedral de Notre-Dame fue edificada en el mismo sitio donde antiguamente se elevaba un templo dedicado a Isis, la primitiva protectora de la ciudad. Con todos estos elementos, el lector de “El Prisionero” no debe extrañarse cuando en el capítulo I, “La Colina del Patíbulo”, se encuentra con una reflexión del protagonista que revela un alto contenido masónico. Un fragmento de dicha reflexión dice:

“El Gran Arquitecto del Universo nos ha suministrado todas las valiosas e indispensables herramientas para poder emprender este viaje iniciático que nos llevará a la gran obra. Pero para poder obtenerla debemos estar atentos, ser perseverantes y valerosos; no rendirnos ante nada si queremos lograr nuestro objetivo primordial, que es la búsqueda de lo esencial, lo eterno... Por eso, hay que tener muy en cuenta y no olvidar el trasfondo de estas palabras: Si la mera curiosidad te ha conducido hasta aquí, ¡vete! Si tu alma ha sentido miedo, ¡no sigas! Si te crees capaz de fingir ¡tiembla!, pues se te descubrirá por completo. El crimen nunca quedará sin castigo. Recuerda que la conciencia es un juez implacable. Si sólo tienes amor a las distinciones humanas ¡sal!, porque aquí las distinciones no se conocen. Si temes que te vean tus defectos ¡desiste!, pues estarás mal en este lugar. Mas si perseveras ¡dichoso de ti!, debido a que serás totalmente purificado por los elementos, y saldrás victorioso de las tinieblas y del abismo a los cuales estabas para siempre condenado, y verás por fin la luz divina... ¡Sí, precisamente esa luz que tanto necesitamos y deseamos porque el hombre nace débil e imperfecto, mas el estudio constante lo fortalece, lo perfecciona y finalmente lo ilumina! El recibir la luz es ser admitido en los más grandes misterios a través de complejas ceremonias que penetran nuestra mente y espíritu. Los ojos, por fin dejan de estar vendados después del sagrado juramento, y en ese preciso momento, deslumbrados y estremecidos a la vez por la repentina claridad que nos envuelve, quedamos fascinados ante la superioridad y la magnificencia del divino conocimiento... El alma se abandona a sí misma, y se deja transportar, extasiar por la arcana e infinita sabiduría celeste que es tan compleja como un intrincado laberinto...”

Con relación a la correspondencia de París con Isis puede leerse en el capítulo XII “Fontainebleau” lo siguiente:

“Entre tanto, París, el trono de Isis, la cabecera del imperio le dio de pronto la espalda al sentirse totalmente vencida por la fuerte amenaza del enemigo que se aproximaba. Esto trajo como resultado la precipitada partida de María Luisa junto al Rey de Roma, que a pesar de su corta edad no deseaba irse de allí, la huida de José Bonaparte, responsable de la Capital, la evacuación de la ciudad, la firma de la capitulación y la entrega de las llaves de Par Isis, la antigua Lutetia, al Zar Alejandro I de Rusia...”

En el capítulo X, “El Espectro de Rojo”, se habla de ciertos encuentros que Napoleón tuvo con un misterioso personaje y que fueron corroborados por sus contemporáneos. Allí puede leerse:

“Hace tiempo había recibido de él una terrible advertencia... Esto aconteció en el año 1798, cuando Napoleón Bonaparte se encontró por primera vez con un misterioso personaje en Egipto, la antigua y arcana tierra de los faraones. El aspecto de ese diabólico hombre era el de un anciano con largas barbas bermejas, y estaba ataviado con una amplia capa roja. Sin embargo, según han manifestado contemporáneos de Napoleón, este ser fantasmagórico no se le apareció sólamente en aquella ocasión, si no otras veces más como sucedió después de la batalla de Wagram en 1809...”

En el capítulo XI, “Estáis perdido, Sire”, se lee:

“El 3 de enero de 1814 el espectro de rojo se presentó por tercera vez ante Napoleón Bonaparte, que se hallaba en aquel momento crucial en el Palacio de la Tullerías. Sin embargo, los primeros que vieron en el palacio a la fantasmagórica figura de barbas y cabellos bermejos, ataviada como en otras ocasiones, con una amplia capa roja, fueron el conde Louis Mathieu Mole y Claude François de Méneval, el secretario personal del Emperador. Aquella visión infernal se materializó de pronto ante sus propios ojos. Ellos, paralizados por el temor, no podían dar crédito a lo que estaban viendo. ¿Qué hacer? Es como que si ambos instintivamente se preguntaron con la mirada, en medio del espeso silencio que los envolvía como una tiniebla. Bruscamente un terror inexpresable los invadió por entero, cuando ese espectral anciano se les aproximó para hablarles...”

El capítulo XV “Un Hombre de Negro”, nos relata lo siguiente:

“Cavilaba el general Bonaparte, mientras se hallaba recostado sobre la cama, en los diversos hechos que súbitamente se habían producido trastocando su existencia. Para aquel tiempo él alquilaba un departamento en una casa, ubicada en el N°1 de la Rue de Villefranche, perteneciente a un acaudalado comerciante llamado Joseph Laurenti. Asimismo Monsieur Laurenti, al encontrarse el joven general en esa situación extrema, le brindó ayuda pues ofreció sin dilación su garantía, circunstancia favorable que trocó la condena establecida en un arresto domiciliario. No obstante, en modo alguno significaba esta actitud aceptar su petición y concederle la mano de la hermosa Emilie, la hija de 15 años del matrimonio Laurenti, a quien los padres la habían alejado de manera precautoria a su casa de campo de San-Martin, pues él era nada más que un general sans-culotte, un pobre corso protegido por los sanguinarios amos de Francia...”

“Entre tanto que sus pensamientos estaban atrapados en la intrincada telaraña de esa agobiante obsesión, fue presa sin darse cuenta de un profundo sueño. Sin embargo, ese sueño era enfermizo, pues se encontraba extenuado por un estado nervioso que lo había arrojado con vehemencia al límite de su resistencia psíquica.

-¡Despertad!
Una voz extraña resonó en su habitación en penumbras, pero el joven general corso continuó como sumergido en la densidad del mundo onírico.
-¡Escuchadme!
-¿Me han hablado? –se preguntó semidormido, al mover la cabeza sobre la almohada.
-¡Vuestro porvenir os reclama! –le contestó un hombre vestido de negro.
Bonaparte, sin comprender todavía si todo aquello era real o no, miró sorprendido a ese hombre alto y robusto, quien estaba cubierto por una capa negra. Mas su rostro se hallaba oculto bajo una enorme capucha del mismo color.
-¿Qué habéis dicho? ¿Quién sois vos? –inquirió con suma inquietud, al mismo tiempo que la respiración se aceleraba como sus emociones ante aquella inesperada y aterradora aparición.
-Si lo deseáis, vuestro porvenir.
-¿Mi porvenir? –dijo, como extraviado por una diabólica alucinación al empalidecer.
-¡Así es! –afirmó terminantemente el hombre de negro.
-¿Cómo habéis evadido la guardia para entrar en este lugar?
-Carece de importancia.
-¿Nadie os ha visto llegar hasta aquí?
-No –le dijo con naturalidad.
-¿Quién os ha enviado?
Un espeso silencio obtuvo por respuesta, como si viniese del insondable arcano.
-Mi porvenir –repitió desconcertado, en medio del enorme temor que le aturdía los sentidos.
-Ese es el motivo de mi presencia –sentenció desde las sombras.
-Os escucho –se expresó al someterse a su voluntad.
-Emprenderéis un viaje, una iniciación. Grandes pruebas afrontaréis para después retornar a Francia y obtener el poder. Pero este poder –enfatizó con gravedad- será efímero.
En ese instante, a la vez que lo miraba paralizado, el joven corso seguía azorado con sus palabras que le resultaron escalofriantes en medio de esa vorágine demoníaca que lo agitaba.
-Sí, efímero porque un hombre, W, os destruirá definitivamente.
-Destruirme... –como ido, habló con una débil voz que se disolvió en esa atmósfera casi irreal.
-Podéis rehusaros. Es vuestra decisión pero –hizo una breve pausa-..., todo irremisiblemente concluirá para vos –aseveró al pronunciar con lentitud.
-Y si acepto, ¿qué sucederá con este decreto? ¡Pronto deberé comparecer ante el Comité de Salvación Pública! ¡Mi carrera y mi vida están amenazadas! –se expresó el joven con una desesperación que se reflejaba en su rostro enjuto, al no poder contenerla más.
-Este sueño, o más bien esta lóbrega pesadilla se disipará como una tormenta y seréis así liberado, como vos tanto ansiáis, de la opresión que os envuelve –concluyó el hombre de negro, al desaparecer como tragado por la oscuridad ante sus ojos alienados...”
“Os destruirá definitivamente. Eso es lo que ha dicho”.

En medio de las flamas que por causa del viento se movían constantemente, veía Napoleón emerger la imagen del hombre de negro al recordar los hechos que le había anunciado, develándole en parte un oscuro destino al cual estaba condenado desde aquel momento a aguardar...

“Os destruirá definitivamente” –se repitió en silencio el Emperador fugitivo, al estar absorto en ese sibilino espejo de fuego rojo que parecía consumirlo por dentro-. “Bajo esa letra, W, ¿qué nombre se oculta? ¿En qué momento me será develado?...”

Estas situaciones fueron reales. Ahora bien: si comparamos al Napoleón Bonaparte que nos muestran los historiadores convencionales con este Napoleón, expuesto en todas sus dimensiones, podemos llegar a la conclusión de que hasta ahora se nos mostró a un personaje reducido a una síntesis que está muy lejos de su verdadera naturaleza. Indudablemente la letra W fue fatalmente decisiva para Napoleón. Arthur Wellesley, cuyo apellido original era Wesley, el duque de Wellington, venció al Emperador de los franceses en Waterloo, una batalla que se la recuerda siempre como derrota pero no como victoria. Tanta W no es una simple coincidencia...

Para finalizar este tópico mencionaré algunas referencias con respecto a la relación entre Napoleón Bonaparte y la Orden de los Caballeros Templarios. Después de la quema en la hoguera del último Gran Maestre oficialmente reconocido, Jacques Molay en 1314, los templarios perduraron clandestinamente. Sin embargo, en 1705 el duque Felipe de Orleáns, príncipe regente de Francia, se proclamó Gran Maestre de la orden, cuyo grado es el 49. En 1792 Bernard-Raymond Fabre-Palaprat, ocupó ese grado aún en la clandestinidad. Cuando Napoleón fue ordenado en Malta debió afrontar una iniciación templaria altamente cualificada. En 1805 Napoleón restituyó a los templarios a la legalidad reconociendo en 1808 a Palaprat como su Gran Maestre oficial. En el capítulo III de “El Prisionero” titulado “Un Viaje Iniciático” puede leerse la vibrante y solemne iniciación napoleónica en Malta. En 1808 con un año de retrazo a causa de los episodios bélicos del momento, igualmente rindió el Emperador un homenaje a los templarios al haberse cumplido en 1807, los 500 años de su proscripción.

Dedicaré las próximas líneas al tercer pilar de la novela: el espionaje en los tiempos napoleónicos.


El espionaje en los tiempos napoleónicos

En su libro “El Espionaje y el Contraespionaje” Jean Pierre Alem dice: “El Espionaje ha sido y continúa siendo tema de innumerables novelas y películas. Pero la historia finge ignorarlos...” Efectivamente, los historiadores convencionales no se ocupan del trascendente papel que cumplen las tareas de inteligencia en el desarrollo de los hechos históricos. Las pocas veces que se refieren a este tema tan importante, lo hacen como si narraran anécdotas de color. De esta manera seguimos viendo la historia parcialmente porque se omiten esta clase de informaciones. El espionaje no comenzó con las modernas centrales de inteligencia. En su prólogo al libro “Libertad Vigilada” de Nacho García Mostazo, César Vidal dice:

“Si damos fe a los datos contenidos en el primer libro de la Biblia, el primer espía del que nos han llegado noticias fidedignas ni siquiera fue humano. Tenía la forma de una serpiente y ambicionaba subvertir el orden establecido por el Creador al que, a la sazón, consideraba un enemigo. Para lograrlo, recurrió a una serie de elementos que marcarían su profesión durante los milenios siguientes. Al disfraz excelente sumó la información sobre el punto más débil del dispositivo adversario, una audacia capaz de introducirse sin ser advertido en el otro campo y una notable capacidad de intoxicación lograda mediante una mezcla astuta de lo verdadero con lo falso. No resulta extraño que su misión se viera coronada por el éxito y mucho menos que sus seguidores en el oficio hayan sido fieles a las líneas maestras expuestas con anterioridad. Ciertamente, el buen espía conjuga en sí mismo algo de ofídico con no pocos elementos de lo demoníaco...”

Durante la Revolución Francesa, el espionaje estaba a cargo del Bureau de la Partie Sécrète (Oficina de la Partida Secreta), dependiente del Ministerio de Guerra. Sin embargo esta oficina estaba más atenta a vigilar a los partidarios del Rey que al espionaje extranjero.

Durante la etapa napoleónica, Bonaparte prestó mucha atención a las operaciones de inteligencia a tal punto que estableció una metodología que influyó hasta la primera mitad del siglo XX. Las redes del espionaje bonapartista consistían en el asentamiento de varias cabeceras de información en Francia y en todos los territorios ocupados, cuyo jefe máximo era el mismo Napoleón. Él se fijaba en todos los detalles de sus servicios de información, incluso del contraespionaje. Aunque tuvo ministros de policía como Fouché y Savary Napoleón se ocupaba personalmente de establecer los métodos a seguir cuando las circunstancias delicadas lo exigían. Observemos a continuación algunas misivas dirigidas a este respecto dictadas mayormente por él mismo. El 8 de mayo de 1808 con ocasión de la guerra contra España se dirigió al general Berthier:

“Deseo que escribáis al gobernador de los Altos Pirineos para que mande espías a Zaragoza y otros puntos de Aragón y así se sabrá lo que se dice y, sobre todo, lo que se hace allí, si se arman y así obtendremos informaciones sobre esta comarca. Deseo que mandéis ocho o diez hombres que aparenten ser comerciantes y sean gendarmes”.

El 21 de septiembre de 1806 Napoleón le envió desde Saint-Cloud una carta al mariscal Augereau quien lo traicionaría años después, en la que pueden observarse las instrucciones que dio el Emperador con respecto al comportamiento que debe seguir un alto oficial de inteligencia:

“Enviar a Cassel, en Hessen, a un inteligente oficial de ingenieros, con el pretexto de entregar cartas para el barón de Bignon. Mientras almuerza, cena y pernocta ha de observar todo con atención: los caminos, las montañas, los ríos, los habitantes de ciudades y pueblos y las distancias entre los diferentes lugares. Debe redactar un informe sobre las fortificaciones que posee el Elector de Hessen, las de Hanau, Marburgo, Giessen y otras plazas fuertes. Debe, sobre todo, hacer un croquis de lo que haya observado”.

Napoleón era tan sutil en sus operaciones, que elaboró un intrincado falso plan de espionaje contra su persona con el fin de atraer la atención de los espías ingleses, cuyo agente más activo se llamaba Drake. Él prefería provocar los acontecimientos antes de que ocurran naturalmente para no ser sorprendido. A continuación transcribiré un fragmento del capítulo V “Juegos Peligrosos” de “El Prisionero” en el que podrán observarse esta clase de operaciones. Aquí figuran dos cartas que son importantísimas para la comprensión total de Napoleón Bonaparte. Leamos:

“9 de brumario del año XII (1ero. de noviembre de 1803)

Sería muy conveniente tener en Munich, cerca de Drake, algún agente secreto que llevase nota de todos los franceses que pasen a aquella ciudad.

He leído todos los informes que vos me habéis enviado, y me han parecido de bastante interés. No es necesario mostrar premura en hacer presión: cuando el autor haya dado todas las noticias, se determinará con él el plan y se verá lo que convenga hacer. Deseo que escribáis a Drake, y que para alentarle le digáis que mientras llega la ocasión de poder dar el golpe decisivo, creéis poder prometer apoderaros de varias notas que tiene el Primer Cónsul en la mesa de su mismo despacho secreto, relativas a su grande expedición, y escritas de su propio puño, así como de otros varios papeles importantes; que fundáis esta esperanza en un ujier del despacho que, habiendo sido miembro de la sociedad de los jacobinos y empleado hoy en la custodia del despacho del Primer Cónsul, y honrado con su confianza, pertenece sin embargo al comité secreto; pero que para esto se necesitan dos cosas: primera, que se le prometa la suma de cien mil libras esterlinas si verdaderamente entrega aquellos documentos tan importantes, escritos de propia mano del Primer Cónsul; segunda, que se envíe un agente francés del partido realista para suministrar los medios de ocultarse al referido ujier, que forzosamente sería prendido llegando a desaparecer papeles de tanta importancia...

Bonaparte no suele escribir casi nunca; dicta todo lo que se le ocurre, paseando de arriba abajo en su despacho, a un joven de veinte años, llamado Méneval, que es el único que entra en él, y que tiene acceso a las tres piezas contiguas. Este joven a sustituido a Bourriene, a quien ha destituido el Primer Cónsul a pesar de conocerlo desde niño...

Méneval no es hombre capaz de que se espere de él cosa alguna.

...Pero las notas concernientes a los más grandes cálculos no las dicta el Primer Cónsul, sino que las escribe de su propio puño. Sobre su mesa hay una cartera grande, dividida en tantos compartimientos como ministerios: está hecha con grande esmero, la cierra el Primer Cónsul, y cada vez que este sale de su despacho la coloca Méneval en un armario que hay debajo de su mesa, de tapa corrediza, y sujeta con tornillos en el suelo.

Pudiera llegar a sustraerse esta cartera; en cuyo caso, solo recaerían las sospechas sobre Méneval, o sobre el ujier del despacho, que es el único que enciende la chimenea y cuida de su limpieza. Sería pues necesario que este ujier huyese. En dicha cartera debe hallarse todo cuanto el Primer Cónsul ha escrito hace muchos años, porque la lleva constantemente consigo cuando viaja, pasando sin cesar de París a la Malmaison y a Saint-Cloud. Allí deben estar todas las notas secretas de las operaciones militares, y ya que no pueda conseguirse destruir su autoridad a no ser confundiendo sus proyectos, parece indudable que quedarían confundidos todos con la sustracción de dicha cartera”.

A la primera impresión, es probable que esta carta nos resulte algo extraña al seguir con atención el hilván de las frases en su desarrollo, pues nos hace pensar, indudablemente, en quien la habrá escrito... Si la releemos observaremos los diferentes aspectos que la componen y nos conducirá a la conclusión de que su autor puede ser un espía infiltrado de los Borbones, o un doble agente de alguna potencia extranjera; sin descartar, si continuamos indagando en su contenido, la grave posibilidad de que se relacione, en este accionar que nos colma de dudas, con un astuto traidor que se encuentre en el entorno íntimo del Primer Cónsul. Sin embargo, a pesar de lo discurrido, no se trata en realidad de nada de todo esto, pues dicho documento que está ante nosotros a sido escrito por el propio Monsieur Méneval, bajo el dictado del mismo Bonaparte. Aquí nos hallamos en verdad con el hilo de una intriga manejada por las manos del Cónsul, con el sólo propósito de establecer estrechos contactos con los agentes británicos, y conocer de cerca qué cosas estaban tramando en contra de su persona. Por lo tanto esta misiva enviada al Gran Juez Regnier, es un modelo de carta destinado al agente provocador, con el fin de que él pueda entrar en relaciones directas con los espías enemigos, que eran tres ministros ingleses ubicados, respectivamente, en Hesse, en Wurtemberg y en Baviera; además en esta última residía Monsieur Drake, el más activo de todos ellos en la tarea de recabar información para su país, circunstancia por la que lo convirtieron en el centro de atención en la siguiente misiva:

Al Gran Juez

“París, 3 de pluvioso del año XII (24 de enero de 1804)

Las cartas de Drake parecen muy importantes. Desearía que Mehée en su próximo boletín dijese que el comité había celebrado mucho que Bonaparte pensase embarcarse en Boloña, pero que hoy es ya cosa averiguada y segura; que todos aquellos preparativos son meramente falsas demostraciones, mucho menos costosas en realidad de lo que al primer aspecto parecen...: que todas las naves de la escuadrilla podrán utilizarse para los usos ordinarios. El mismo esmero que se emplea prueba que dichos preparativos son meramente amagos, y no un establecimiento permanente que se quiera conservar.

Que era forzoso reconocerlo, que el Primer Cónsul es demasiado astuto y tiene su autoridad por muy bien cimentada para intentar ahora una empresa dudosa comprometiendo una fuerza considerable. Su verdadero proyecto, por cuanto puede traslucirse de sus relaciones exteriores, es invadir la Irlanda con las dos escuadras de Brest y del Texel simultáneamente...

Nada se dice de la expedición del Texel, aunque se sabe que está dispuesta, y todo se vuelve hablar de los campamentos de Saint-Omer, de Ostende y de Flesinga. El gran número de tropas reunidas en forma de campamentos tiene un objetivo político: mucho celebra Bonaparte tenerlas a la mano, y en tren de guerra, para hacer un cuarto de conversión y caer sobre Alemania, si cree necesario para sus proyectos hacer la guerra continental.

Otra expedición decididamente resuelta es la de la Morea. Bonaparte tiene ya cuarenta mil hombres en Tarento, y hacia allí se va a dirigir la escuadra de Tolon, y espera además un ejercito auxiliar de griegos muy considerable.

Es preciso que continúe siempre el negocio de la cartera, y decir que el ujier, para acreditarse, acaba de presentar varios trozos de cartas escritas por el mismo Bonaparte, y que por consiguiente se puede sacar de ese hombre gran partido, aunque pide mucho dinero. El proyecto está efectivamente en entregar esta cartera, en la cual pondrá el Primer Cónsul todas las noticias que desee acreditar; pero para que den grande importancia a ese mueble es preciso que adelantéis por lo menos cincuenta mil libras esterlinas”.

Con todo, Napoleón también fue victima de espionaje por parte de sus adversarios políticos y militares. A veces eran agentes dobles que simulaban actuar a su favor y en otras oportunidades eran agregados diplomáticos de los países extranjeros que aparentemente estaban por debajo de los embajadores cuando en realidad la jerarquía indicaba lo contrario. Las embajadas siempre tuvieron como finalidad, misiones de espionaje en el país acreditado. Sería iluso creer que están para ayudar a los ciudadanos de los países que representan y que viven en el exterior, o pensar que su trabajo consiste simplemente en entablar relaciones diplomáticas, culturales y comerciales con otros países. Esas son simples coberturas, salvo el caso de los embajadores latinoamericanos que trabajaron siempre para Estados Unidos, Europa y Japón. Por todo lo expuesto, existen más películas y novelas sobre espías que sobre embajadores...

Volviendo a nuestro tema, el capítulo IX de la novela, “Más cartas..., y encuentros” comienza así:

Informe reservado y cifrado del embajador de Austria fechado el 31 de enero de 1809, sobre una reunión secreta entre Talleyrand y Metternich, originada por una violenta escena que había tenido Napoleón con su ex ministro en las Tullerías el día 28 de ese mes. No obstante este documento confidencial llegó en muy malas condiciones a Viena para ser descifrado, circunstancia delicada que motivó al ministro Stadion a solicitar el envió de una copia, hecho que se efectuó el 23 de febrero:

“La tensión va llegando al punto culminante. Hasta ahora, el emperador no se ha atrevido a atacar a Fouché. El ataque que ha lanzado contra Talleyrand prueba que tanto éste como Fouché tienen una posición muy firme. El emperador se coloca a la defensiva, aunque le sería más fácil paralizar a sus adversarios; por consiguiente, no lo hace porque no se atreve. Decididamente, los dos partidos se han arrojado el guante. X... (Talleyrand) se ha despojado de todo disfraz para mí. Me parece muy decidido a no esperar (indescifrable) la partida. Me dijo anteayer que había llegado el momento; que creía que era su deber entrar en relaciones directas con Austria. Me dijo que en otro tiempo había rechazado los ofrecimientos que le hizo el conde Luis Cobenzl, pero que ahora los aceptaría. Dijo que el que hubiera rehusado la primera vez era debido al cargo que ocupaba entonces.

-Ahora soy libre y nuestras causas son comunes. Os hablo con tanta mayor franqueza cuanto que me parece que en vuestro país desean complacerme.

Me ha dado a entender que tenía necesidad de algunos centenares de miles de francos, pues el emperador lo ha esquilmado por completo al obligarle a mantener a los príncipes españoles y a comprar su casa. Yo le repliqué que el emperador (Francisco) no estaba seguramente lejos de darle pruebas de su gratitud si quería servir a la causa general. Respondió que ésta era la suya, y que no le hacía falta más que morir por ella (23 de febrero: que estaba dispuesto a triunfar o a morir con ella.)

-¿Os sorprende la proposición que os hago? –me preguntó.

-No –le dije-, la considero como una verdadera prueba de vuestros sentimientos (23 de febrero: que quería entregar a la causa común.)”.

A pesar de las parciales noticias que había recibido de Metternich, Stadion, ante la impaciencia que sentía por aquella importante cuestión se apresuró a escribirle el 10 de febrero:

“Por lo demás, el emperador me ha ordenado que os dé carta blanca en el asunto de X... y estáis autorizado a garantizarle todo lo que razonablemente pueda desear desde el momento en que os convenzáis de que quiere y puede prestarnos servicios de verdadera importancia”.

Obviamente, los nombres y títulos indicados entre paréntesis no figuran en los originales, ya que en ese caso los informes dejarían de ser confidenciales. La discusión aludida en el comienzo del capítulo IX entre Napoleón y Talleyrand está muy bien detallada en el capítulo I “La Colina del Patíbulo”. Nótese además que si bien el ministro Stadion recibió el informe totalmente descifrable el 23 de febrero, había dado su aprobación a lo solicitado por el embajador autríaco escribiéndole el 10 de febrero. De esto se infiere que Stadion entendió algo del primer informe que llegó en malas condiciones.

Un interesante caso de jerarquías invertidas en las embajadas de Austria y Rusia en París es el del Caballero Engelbert von Floret y el conde Karl von Nesselrode. El Caballero von Floret era originario de los Países Bajos Austríacos, mientras que el conde von Nesselrode fue educado por el barón Karl Theodor von Dalberg, quien había sido uno de los doce apóstoles de Adam Weishaupt al formarse la Orden de los Illuminati. Cuando Napoleón comenzó a desobedecer a los Illuminati, estos le quitaron su apoyo. A partir de 1809 le exigieron que formalice una paz a cualquier costo, acción a la que el Emperador se negó sistemáticamente.

Entonces, las conspiraciones en su contra recrudecieron. Mientras que los príncipes von Schwarzenberg y Kurakin estaban acreditados ante Napoleón como los embajadores de Austria y Rusia, los consejeros de dichas embajadas, el Caballero von Floret y el conde von Nesselrode estaban acreditados ante Talleyrand, quien era el principal conspirador desde el seno del Imperio en esta trama de intrigas y poder. El caso es que los príncipes von Schwarzenberg y Kurakin no tenían el suficiente alcance diplomático, mientras que von Floret y von Nesselrode eran los verdaderos depositarios de dicho alcance. Ante la solicitud de un relevamiento de datos militares al duque Emmerich von Dalberg, sobrino de Karl Theodor, hecha por Napoleón, el hombre no tuvo ningún inconveniente en informar al príncipe von Schwarzenberg, en circunstancial ausencia de von Floret acerca del tema. Obviamente, la información llegó a Metternich quien ya era ministro en Austria en lugar de Stadion.

En cuanto al conde von Nesselrode, las acciones conspirativas las realizaba a espaldas del príncipe Kurakin a través de su inmediato superior, el consejero Speranski. Las informaciones llegaban a Moscú donde existían dos bandos opuestos en el entorno del Zar. Uno de ellos, que incluía a Alejandro I, era conciliador con Napoleón, pero el otro de tendencia pro-británica, encabezado por Nikolai Tolstoy que pertenecía a la nobleza rusa y que fue el abuelo paterno del célebre escritor León Tolstoy, convenció paulatinamente a Alejandro, con la inclusión de amenazas, a que atacara Varsovia y rompiera así su pacto de amistad con Napoleón. No obstante ante las vacilaciones del Zar, Nikolai Tolstoy le dijo: “Sire, si no modificáis vuestros principios, acabaréis como vuestro padre... ¡estrangulado!” Como se puede apreciar, Alejandro el Grande, era mucho menos grande de lo que nos cuenta la historia tradicional, ya que además de recibir un trato como el trascripto en la frase anterior, estaba financiado por las bancas inglesas y en 1821 no tuvo ningún problema en pedirle dinero prestado al Dictador paraguayo Rodríguez de Francia. Nesselrode fue recompensado por sus acciones al ser nombrado canciller del imperio ruso, cargo que ya ostentaba en 1815 cuando los aliados entraron en París. En cuanto al Caballero von Floret, su figura se pierde en la historia después de haber cumplido sus funciones conspirativas.

Para finalizar este tópico, no puedo dejar de referirme al más grande y mejor dotado de los espías de Napoleón. Karl Ludwig Schulmeister nació en Neufreistaett, Alsacia, en 1770. Era hijo de un pastor protestante y comenzó sus largas y azarosas actividades como comerciante en hierros, para dedicarse luego al contrabando a orillas del Rhin, en una zona cercana a su pueblo natal. Sin embargo, creo que será mejor leer la descripción que Claudia hace de Schulmeister en un párrafo del capítulo IX de su novela:

“¿Quién era Karl Ludwig Schulmeister? ¿Quizás un aventurero, un espía o las dos cosas?... En diferentes circunstancias, donde el peligro y la valentía jugaban los papeles protagónicos en aquella excitante trama de su vida, se sabe que utilizó nombres falsos como Charles, Charles Fréderik y Mr. de Meinau por mencionar algunos de ellos... Un contemporáneo suyo, Cadet de Gassicourt, lo conoció en el año 1809 en Austria, hecho que da la ocasión para brindar una exacta descripción de su personalidad a través de las palabras de este casual observador:

“Esta mañana me he encontrado con el jefe de la policía francesa en Viena. Es un estrasburgués llamado Charles Sulmester, un hombre de una audacia rara, de una presencia de ánimo imperturbable y de una sagacidad prodigiosa. Sentía yo gran curiosidad por verle, pues me habían relatado sobre él cuentos maravillosos. Durante las primeras campañas en Alemania fue el primer espía del Emperador y sus extraordinarios servicios le proporcionaron una renta de 40.000 francos... Infunde tanto pavor a los vieneses como un cuerpo de ejercito. Su figura corresponde a su reputación. Tiene los ojos vivos, la mirada penetrante, la expresión reservada y enérgica, los ademanes breves y la voz firme y sonora. Es de mediana estatura, pero robusto y de temperamento pletórico. Conoce a fondo Austria y traza con maestría el relato de los personajes importantes de este país. En su frente se ven cicatrices, que prueban que no evitó situaciones peligrosas...”

¿Leyenda?... ¿Tan sólo un colorido mosaico de anécdotas tras sus sigilosos pasos que se desvanecen?... Nada de esto, pues las numerosas actividades del más importante espía de Napoleón Bonaparte adquieren relieve histórico a través de testimonios, informes confidenciales y documentos como los autos del juicio contra el general austríaco Karl Mack von Leiberich, que entrego vergonzosamente a Francia la plaza de Ulm junto a 38.000 prisioneros. Este acontecimiento en el que intervino Schulmeister con temeridad, tuvo como resultado fatal la aniquilación del ejército de Austria en Alemania del sur, a más de la apertura del camino a Viena y la preparación de la terrible derrota que sufrió en Austerlitz. A parte del ya referido, realizó otros tantos actos intrépidos de guerra tales como el paso del puente de Landshurt o la toma de la ciudad de Wismar. No obstante, al correr constantemente tanto riesgo, recibió como consecuencia en la batalla de Friedland un balazo en la cabeza que le dejó una cicatriz en el medio de la frente.

En cuanto a su maestría en la transformación, él era un hábil camaleón al haber desarrollado una gran capacidad para llevarlo a cabo. Esto lo conseguía como un actor consumado, al cambiar de un momento para el otro su aspecto exterior, quedando por lo tanto absolutamente irreconocible.

-¿Qué recomendación tenéis vos? –le inquirió Napoleón.
-Ninguna, sólo la propia. –le contestó Schulmeister con gran desenvoltura.
-Pues, entonces no puedo colocaros. –le replicó el Emperador con firmeza, y luego procedió a retirarse detrás de un biombo. En aquel instante Schulmeister se retocó los cabellos, modificó el traje que traía puesto y trazó con pericia un gesto diferente para cambiar por completo su apariencia. Cuando volvió Napoleón, creyó que se había marchado, pero de pronto quedó sorprendido al encontrar allí un intruso, circunstancia que lo motivó a preguntarle en voz alta:
-¿Quién sois vos y qué hacéis aquí?
-Soy Schulmeister. –le respondió con naturalidad.
-¿Schulmeister? ¿Vos?...

Entonces Napoleón procedió a mirarlo detenidamente sin decir palabra alguna. Estaba realmente asombrado por su consumada metamorfosis, hecho que lo resolvió de inmediato a tenerlo bajo su servicio... Estos fieles servicios que luego le brindó fueron recompensados generosamente por él con fuertes cantidades de dinero y propiedades como un palacio en París, la finca de Meinau y un castillo situado en los alrededores de la capital. Sin embargo Napoleón jamás aceptó darle La Legión de Honor, pues tenía la convicción de que sólamente la merecían sus valerosos soldados”.

Durante el Imperio fue visitado por Josefina Bonaparte en varias ocasiones, pero también cayó prisionero en múltiples oportunidades en las que incluso estuvo a punto de ser ahorcado, saliendo siempre airoso por razones que permanecen en el misterio... Cuando los aliados entraron en París ocurrió lo mismo, pero nuevamente salvó su vida... Karl Ludwig Schulmeister murió en Estrasburgo el 8 de mayo de 1853 y dos días después el Courrier du Bas-Rhin le dedicó una importante nota necrológica.


El revisionismo histórico

La Historia fue utilizada como herramienta ideológica y política, inclusive hasta nuestros días. Esto es lamentable, porque los hechos históricos deberían ser narrados tal cual ocurren y no, enfatizando o desmereciendo situaciones. Desde que la Historia comenzó a sistematizarse, sucedió que aparecieron diversas maneras de contarla. A su vez, también surgieron teóricos de la Historia que desde Thomas Carlyle hasta Arnold Toynbee, desarrollaron diversas formas para narrar la Historia Universal.

En el caso de “El Prisionero”, el revisionismo histórico es el cuarto pilar de la novela. En realidad quisiera llamarlo “ultra-revisionismo”, ya que dicho revisionismo es llevado al extremo por la autora, pero cuando la gente lee o escucha la palabra “ultra”, tiene miedo de que sea algo relacionado con un extremismo conocido como “verdad” o bien, lo relaciona con alguna ideología. De manera que para que nadie se asuste, llamaremos “revisionismo histórico” a lo que en realidad es “ultra-revisionismo”. Esta ultranza tiene la idea de referir los acontecimientos napoleónicos con sus antecedentes y derivados, de acuerdo a la Verdad más aproximadamente conocida al momento en que Claudia escribió su novela. En la obra, no existen partidismos ni ideologías, a causa de la neutralidad cristiana de su autora. Los hechos que se cuentan son textuales y a lo sumo, existen recreaciones de diálogos que bien pudieron haber ocurrido, según las circunstancias del caso. Una minuciosa investigación de cinco años, una constante contraposición de datos y una hermenéutica apoyada en una deducción carente de prejuicios y axiomas ideológicos, llevó a la autora a escribir una esclarecida novela, basada en un rigorismo histórico que prescinde de próceres y héroes de bronce. Lamentablemente, la humanidad está acostumbrada a crearse verdaderos mitos históricos en forma de hombres a los que convierte en ídolos, libertadores y padres de la patria. En tal sentido, han colaborado los historiadores convencionales, quienes quitaron a la Historia su verdadera riqueza y contenido.

Para ejemplificar el rigorismo histórico en que se basa Claudia para “El Prisionero”, elegí tres casos puntuales. El primero de ellos, está relacionado con la sospechosa muerte de la Emperatriz Josefina, el 29 de mayo de 1814. Leamos un párrafo del capítulo XIV “Aethalia, la brillante...”:

“A consecuencia de aquella destemplada noche junto al Zar Alejandro en los jardines del castillo de Malmaison Josefina Beauharnais se enfermó. Mas su delicado estado de salud fue agravándose, hasta que aquel cuadro se tornó fatal el 29 de mayo, desenlace que ocurrió en la habitación de la mencionada residencia. A pesar de estos hechos, algunos estudiosos perciben en los intersticios de la historia que dicha muerte se llevó a cabo para sofocar en aquella boca un secreto muy importante. Esto, crucialmente, estaba relacionado con el extraño destino de Luis XVII, y consideraron que sólamente la tumba podía resguardar tan terrible secreto en forma definitiva.

Igualmente es significativo mencionar en estos sucesos, que la figura de Josefina fue tomada por los partidarios del Rey Luis XVIII para su beneficio. Numerosos opúsculos anónimos lo comprueban, al salir publicados en aquel tiempo para presentarla como un modelo de monárquica y una defensora incansable del trono y del altar. Lo más sorprendente es que la Emperatriz Josefina transformada por la pluma de los propagandistas aristocráticos, se convierte en un abrir y cerrar de ojos en una especie de “Mater Patriae”, cuya piedad protegió a Francia de la ferocidad de Bonaparte”.

Aquí se menciona a un personaje muy interesante. Se suponía que Luis XVII, heredero del trono francés, había muerto en La Torre del Temple en 1795. Sin embargo esto no ocurrió, ya que el mismo Napoleón se encargó de salvar al Delfín. Este secreto, sabido por muy pocos, era conocido por Josefina quien de un modo casi extorsivo amenazó con revelarlo si la nueva corte no la colocaba en una buena posición tanto a ella como a sus hijos. Aunque conservaba sus prebendas como Emperatriz, pero que no ejercía su título, sabemos muy bien que Josefina siempre trataba de sacar ventajas cuando se le presentaba alguna ocasión para poder hacerlo... Entonces, la Restauración se encargó de quitarse este problema de sus espaldas y además la convirtió en un emblema monárquico.

El 23 de mayo, Josefina tuvo lo que los médicos diagnosticaron como “una erupción difusa”. El día 26, dijeron que la enfermedad había degenerado en una “fiebre pútrida”. Esta clase de diagnósticos que los médicos daban y dan, son como se puede percibir, absolutamente ambiguos. Ahora, cuando los facultativos no saben lo que padece un enfermo, le dicen que tiene un virus. También se enojan cuando les hacen demasiadas preguntas. Ocurre que no saben nada, o bien, deben encubrir un asesinato camuflado. El Rey Boris III de Bulgaria, después de su fracasada reunión con Hitler, pasadas 48 horas, murió de “gripe”, después de aterrizar en Sofía.

Volviendo a Josefina, transcribiré una confesión que le hizo un tiempo antes de su muerte a Mmlle. Cochelet:

“No logro vencer una espantosa tristeza que me embarga, hago todo lo posible para ocultarla a mis hijos, pero sufro más aún. Comienzo a perder el valor. El emperador de Rusia está por cierto lleno de miramientos y consideración hacia nosotros, pero todo eso no son más que palabras. ¿Qué decide para mi hijo, para mi hija y sus niños? ¿No está en posición de desear algo para ellos? ¿Sabéis lo que ocurrirá cuando se haya marchado? No se hará nada de lo que le hayan prometido; veré a mis hijos desdichados y no puedo soportar la idea; me hace mucho mal; ya sufro demasiado por la suerte del emperador Napoleón. ¿Tendré que ver todavía a mis hijos errantes, sin fortuna? Siento que esa idea me mata”.

Los opúsculos anónimos citados anteriormente, dicen incluso que Josefina fue envenenada con aguas contaminadas, los días previos a su muerte.

El segundo caso, emparentado con el primero, tiene que ver con Luis XVII, Delfín de Francia desde 1789. Como dije antes, el propio Napoleón se encargó de salvarlo de todo peligro. El capítulo II, “Cartas..., y encuentros” nos refiere lo siguiente:

“A lo lejos se escucha un rumor por el camino a través de un silencio sobrecogedor. El sonido de cascos y ruedas es inconfundible, y va creciendo poco a poco. Una calesa se aproxima sigilosamente al abrirse paso en medio de una noche oscura de finales del año 1793. Es la época del Terror promovido como la Revolución, por Lord Shelburne, y sus vientos sangrientos soplan con demencial furia.

Una mujer y un hombre viajan en la discreta calesa y llevan consigo, al amparo de las sombras, a un niño de unos ocho años escondido debajo de una amplia capa negra de la que él se asoma de tanto en tanto con cierto temor. El pequeño cautivo, que fue sustraído de la Torre del Temple, es de talle fino y esbelto, de frente ancha y descubierta. Sus ojos grandes y azules están enmarcados por unas cejas arqueadas que armonizan delicadamente con su tez rosada y los cabellos de un color rubio ceniciento como los que tenía su madre...

De pronto se detiene la calesa frente a una casa. Han llegado a la ciudad portuaria de Calais. Allí, un matrimonio los espera ansiosamente. La mujer y el hombre bajan con el niño de la calesa e ingresan con prontitud a la casa para no despertar ningún tipo de sospechas, y así poder entregarles al pequeño en el más absoluto secreto.

Al poco tiempo golpean la puerta. No pueden evitar sentirse sobresaltados. Tienen miedo, y el peligro acecha sin titubear. El dueño de la casa contiene la respiración y abre la puerta. Un hombre de baja estatura, pálido y enjuto entra. Mira a su alrededor como verificando que todo esté en debido orden; luego se dirige con voz firme y severa al dueño de la casa:

-Una palabra suya le costará la lengua, Monsieur Benoit.

Después se para delante del niño, lo mira a los ojos al acariciarle la cabeza rubia, y se retira sin decir más nada”.

Desde ese momento Luis XVII pasará a ser Pierre Benoit, tanto en las actas notariales en las que muchas veces se contradicen el lugar y fecha de su nacimiento, como así también en los registros hallados en Buenos Aires, cuyo legado pertenece a una de sus descendientes: Lucrecia Zapiola. Incluso durante varios años cambió de nombre de manera que el dilema de su persona se tornó engorroso. Veamos cómo el personaje recuerda su pasado napoleónico, en el capítulo XIV “Aethalia, la brillante...”:

“Me han despojado de La Mouche y del cargo que noblemente se me había conferido. Es por orden del Rey. ¿El Rey? ¿En verdad es así?...”

Entre tanto su mente quedó suspendida en esa dolorosa cuestión. Luego miró con amarga furia el documento, fechado el 28 de agosto de 1814, en el que se le notificaba su retiro de la marina. El pretexto que condujo a esa terminante resolución, fue que sus servicios ya no eran más necesarios al soberano, el Rey Luis XVIII.

“Mi infame tío, sí... Su sombra, como un ave siniestra, se cierne sobre mi persona. El imperio a caído en manos de los aliados. El Emperador Napoleón está cautivo en la isla de Elba. Bajo la protección de él yo me encontraba, pero ahora... ¿Qué determinación debo tomar al respecto? Nuevamente la sombra de mi tío me asecha. Sé que mi vida le es un continuo obstáculo. Desde que recuerdo ha sido de este modo. Él ha propiciado con su proceder siniestro la ruina de mi familia... La muerte de mis padres, de la que hipócritamente se conduele, al estar satisfechas sus más oscuras aspiraciones de poder. El trono es lo que siempre deseó, y a cualquier costo... Es el más vil de los hombres, pues sangre fraterna, sangre real corre por sus venas, mas nada le ha importado... ¡Lo odio! ¡Es un miserable! Su fétida respiración la siento muy cerca. ¿Me convertiré finalmente en su prisionero? Ante tan terribles circunstancias, ¿qué me deparará el porvenir?...”

“La Mouche”, “La Mosca”, era una de las seis embarcaciones de navegación rápida con que contaba la Armada imperial.

En abril de 2000, las Universidades de Lovaina y Münster realizaron sendos exámenes de ADN que parecieron confirmar la historia oficial de que el Delfín murió en La Torre del Temple en 1795. Para dichos exámenes tomaron el corazón que el Dr. Pelletan robó después de la autopsia del niño muerto en 1795. Aquí se observan varias anomalías. El Dr. Pelletan nunca conoció al Delfín. Éste fue sustituido por un adolescente escrofuloso cuando Napoleón lo salvó. El profesor Jean-Jacques Cassimann de la Universidad de Lovaina, se habría desdicho, según Lucrecia Zapiola, después de haber emitido su dictamen con respecto a la identificación del corazón analizado. El ADN se hizo sólamente en base a los cabellos de María Antonieta, pero se omitió a Luis XVI. En conclusión, si bien hubo muchos falsos delfines que aparecieron hasta las primeras décadas del siglo XIX, nadie le realizó un ADN a Pierre Benoit, quien dejó varios rastros durante su vida de que era el verdadero Delfín, como así tampoco se tomaron en cuenta las pruebas y documentos que conserva la familia Zapiola. De modo que el ADN de 2000 se le hizo al muchacho escrofuloso que sustituyó al Delfín, o bien, se hizo con los elementos del primer Delfín, Luis José Javier Francisco, quien falleció en 1789. Además hay que admitir que no es “atractivo” para los turistas que visitan constantemente el cementerio de La Recoleta, el hecho de mencionar que Luis XVII llegó a Buenos Aires en 1818 y falleció, a causa de un asesinato masónico, en agosto de 1852. Más adelante, regresaré para referirme a este triste final.
El tercer caso elegido es el de Jean François Champollion, un personaje muy nombrado por “intelectualoides”, pero muy poco conocido por las mayorías. Lo único que algunos saben, es que se dedicó a los jeroglíficos, pero nada más... Veamos ahora el comienzo del capítulo VIII, “El Enigma”, en el que nos encontramos con el siguiente epígrafe:

El lenguaje perdido...
Silencio impenetrable
de la piedra. Extraños
dibujos. Maravillosas
formas. Conocimientos
intrincados. ¡Mágicos!
¡Arcanos! Un Saber
milenario. El Enigma...

Luego prosigue:

“Como en un ensueño se quedó observando aquellos vestigios de una extinguida civilización. Sus ojos de córneas amarillas, muy singulares en un centroeuropeo, quedaron enteramente fascinados por las huellas humanas plasmadas en esos objetos cubiertos de raros signos. En aquel rostro, de tez oscura y rasgos orientales, se reflejaba como en un espejo todo el misterio de esos extraordinarios dibujos que le hablaban, pero de una manera incomprensible... Extrañas y diversas formas llegaban en oleadas, con aquel poderoso influjo, a lo más recóndito de su ser. El pasado, el presente y el futuro..., esa hermética triple espiral del tiempo, sufrió inesperadamente una mágica metamorfosis en su mente, constituyéndose así en un intrincado laberinto de pensamientos y emociones que lo llevaron a inquirir con inquietud:

-¿Se sabe leer esto?
Ante aquella sorpresiva pregunta, el científico lo miró seriamente y enseguida le contestó con un gesto de negación.
-¡Yo lo leeré! –exclamó el jovencito, con asombrosa convicción-. Dentro de unos años yo descifraré esos jeroglíficos...

Jean François Champollion, quien más adelante llevará el mote de “el egipcio”, nació en Figeac el 23 de diciembre en 1790 bajo la influencia de un brujo llamado Jacqou al curar a su madre de una dolencia que padecía mientras estaba próxima a dar a luz. Además le anunció a la mujer que el hijo que tendría sería famoso y su fama perduraría por los siglos. Sin embargo no le dijo, como también sucedió, que el aspecto del pequeño iba a tener las características propias de un oriental, hecho que el médico constató con gran admiración al nacer...

Jean François recordaba frecuentemente aquel encuentro que había tenido con Jean Baptiste Fourier, uno de los numerosos científicos que había participado en la campaña de Bonaparte a Egipto. El sabio le enseñó en aquella ocasión la enorme colección de piezas antiguas que estaban a su cargo. Todo esto le conmovió profundamente el espíritu, al punto de impulsarlo hacia nuevas metas como la realización del primer mapa histórico de Egipto o el esbozo que trazó del libro Egipto bajo los faraones, cuya introducción leyó delante del grupo de eruditos que lo nombró, a los diecisiete años, miembro de la Academia de Grenoble, institución de la que fue alumno. Concluida esta etapa de su vida viajó a París, lugar donde editó su libro y se entregó finalmente por entero al estudio de las lenguas antiguas como el sánscrito, el árabe, el persa y la gramática china. Mas no sintiéndose satisfecho con aquellos logros notables, al año siguiente abordó el copto, consiguiendo rápidamente escribirlo y hablarlo con maestría. A pesar de estos importantes adelantos en su carrera como lingüista, Champollion pasó grandes dificultades a causa de su extrema pobreza, al grado tal que si su hermano Jacques Joseph no lo hubiese ayudado económicamente, habría padecido hambre. Pero ante estas adversas circunstancias Jean François continuó esmeradamente sus estudios que lo alentaron día a día a seguir tras aquel objetivo que se había propuesto: descifrar los jeroglíficos.

De pronto algo sucedió, quebrando la concentración de su esmerada labor. El Emperador necesitaba urgentemente soldados que se sumaran al gran ejército. Era el año 1808. Se llamó a integrar las filas a todos los hombres desde la edad de diecisiete años. Champollion desesperó por aquella situación catastrófica que se cernía sobre su existencia. ¡Él, que guardaba la más rigurosa disciplina del espíritu, verse repentinamente sometido a esa tosca disciplina que medía de igual modo a todas las personas! ¡Qué incomprensible! ¡Qué insensata le pareció tal determinación! No pudo entonces evitar que su mente recordara los tiempos del lycée, la cárcel, como denominaba a dicho lugar”.

Su hermano mayor, Jacques Joseph, había querido participar de la expedición que Napoleón realizó en 1798 a Egipto con una aparente finalidad militar, pero fue rechazado. Surge la pregunta, ¿qué tiene que ver Champollion con Napoleón, y ambos con el revisionismo histórico?

En los últimos años del siglo XVIII, hubo un creciente interés en Europa por el desciframiento de las escrituras y símbolos orientales. La expedición de 1798, tuvo una finalidad iniciática, y el aspecto militar fue su cobertura. Aunque los ingleses lograron apoderarse de la piedra de Rosetta (Rashid), los científicos de Napoleón hicieron copias de ella que llevaron a París. Ningún científico inglés pudo descifrar el contenido de dicha piedra. No obstante, en 1808 sucedió algo que casi echó por tierra los proyectos de Champollion. En el mismo capítulo VIII, “El Enigma”, se narra lo siguiente:

“Él percibía que a pesar de los numerosos sacrificios, lo conducirían decididamente al éxito tan anhelado. Sin embargo una noticia quebró inesperadamente aquel mágico sueño. “¿Podía ser posible?” –se preguntó con desazón-. “¿Todos estos esfuerzos han sido en vano?”

-Alexandre Lenoir –le comentó animadamente un amigo- acaba de publicar una obra, sólo un folleto, la Nouvelle Explication, con el desciframiento total de los jeroglíficos. ¡Imagínate lo que esto significa! –al mirarlo remató la última frase con una sonrisa, pues no sabía en absoluto cuál era la ansiada meta que el joven lingüista perseguía a costa de numerosos padecimientos personales. Todo aquello le resultó en ese instante como una terrible pesadilla. De pronto Champollion empalideció al sentir que las fuerzas le flaqueaban y vacilante se apoyó en él sin darse cuenta. Mas su amigo se sorprendió por esa extraña reacción, y lo miró en silencio con gran inquietud.
-¿Lenoir? –atinó Jean François a decirle en medio de su confusión, por el hecho de conocer que ese hombre gozaba de cierta fama, pero que de ningún modo era un genio-. ¡Imposible! –agregó-. Nadie ha hablado hasta ahora de ello, ni siquiera el mismo Lenoir ha dicho una palabra.
-¿Y esto te extraña? ¿Quién es capaz de revelar prematuramente tal descubrimiento? –le señaló el muchacho con franqueza.
Champollion se quedó un momento ensimismado, luego le habló a su amigo con preocupación:
-¿Qué librero lo tiene? ¡Dímelo, por favor!
Al recibir la deseada respuesta corrió hasta aquel lugar y compró un ejemplar del folleto. Lo observó... Lo tomó con manos temblorosas..., después sin más dilación se dirigió como un enajenado a su casa donde se arrojó sobre un viejo sofá para leerlo, arrastrado por la desesperación.
-¿Qué es ese ruido? –se preguntó la viuda Mécran al servir la cena. Desconcertada abandonó de inmediato la cocina para ir a ver qué sucedía en la habitación de su inquilino. Pero al abrir la puerta e ingresar, se encontró con Jean François tendido en el sofá atacado por una carcajada histérica.
-¿Vos estáis loco? ¿Qué os sucede? –dijo la mujer, espantada por semejante visión a la cual sus ojos no daban crédito.
Champollion al reparar en su presencia intentó incorporarse para hablarle, mas de su boca sólo salían sonidos ininteligibles y continuó riéndose. No podía contenerse. No podía dominarse en absoluto al estar profundamente excitado por aquellas convulsivas carcajadas. La viuda, horrorizada, salió de la habitación dando un portazo. Jean François, al quedar nuevamente solo, se dio cuenta que sus manos seguían sosteniendo el folleto, situación que lo motivo de inmediato a lanzarlo al suelo, a la vez que dijo con la voz entrecortada por aquel turbulento maremagnum:
-¿Descifrar, Lenoir? ¿Descifrar los jeroglíficos? ¡Es absurdo! ¡No comprende nada! ¡No, nada! ¡Qué insensato! ¡Está perdido!...

A medida que se iba calmando, un profundo agotamiento lo invadía hasta que quedó por completo dormido. No obstante en aquel mundo onírico unas imágenes fantásticas cobraron vida al hablarle con voces egipcias... Las escuchaba. Lo perseguían como una terrible obsesión. No hallaba sosiego. Daba vueltas de un lado para el otro como un poseso en esa noche infernal. Se sentía atrapado por ese misterioso lenguaje pleno de pasadizos intrincados. Ese complejo universo de caracteres ocultos lo tenía prisionero a través de sus extraños sortilegios, aunque él no lo supiera...”

Pero ¿quién era Alexandre Lenoir, este hombre que había provocado tanta conmoción en el espíritu y el ánimo de Jean François, por haber publicado su folleto acerca de los jeroglíficos? En su tiempo gozaba de mucho prestigio. Había nacido en París el 26 de diciembre de 1761 y al comienzo de la Revolución Francesa la Asamblea Nacional Constituyente lo nombró conservador de monumentos nacionales y de objetos de arte, gracias a la influencia de Jean Sylvain Bailly. Dichos objetos de arte fueron confiscados a diversas casas religiosas y almacenados en lo que era el convento de los Pequeños Agustinos y que ahora alberga al Museo Nacional de Bellas Artes. El nombramiento citado lo solicitó el propio Lenoir, pero esto no impidió que el 1ero. de agosto de 1793 la Convención Nacional decretara la destrucción de las tumbas de quienes fueron reyes de Francia. Lenoir se opuso al vandalismo generalizado que se produjo, aunque no dudó en apropiarse de algunos huesos de aquellos monarcas y traficar con ellos, que recién fueron retornados a la sepultura de la basílica de Saint-Denis en 1893.

En 1795 abrió al público el Museo de Monumentos Franceses y fue nombrado como administrador, cargo que conservó durante 30 años. En 1816 fue llamado por Luis XVIII con el fin de reponer los despojos reales robados por la turba y lo nombró administrador de las Tumbas Reales de la basílica de Saint-Denis. Alexandre Lenoir falleció en su ciudad natal el 11 de junio de 1839.

Como se puede apreciar, Lenoir no tenía nada que ver con la egiptología. Él fue una especie curador y conservador de monumentos y obras de arte, pero no tenía los conocimientos necesarios para descifrar los jeroglíficos. De esta forma puede entenderse la escena de la novela que transcribí antes. Mientras Champollion logró sus ansiados proyectos y objetivos, Alexandre Lenoir cayó en un olvido casi completo, a tal punto que me costó bastante conseguir información sobre él. Obviamente, Claudia no podía incluirla en “El Prisionero”, como tampoco otras informaciones de la que me encargaré más adelante, porque se hubiera resentido el dinamismo y espíritu de la obra. Leamos ahora la narración que la autora de “El Prisionero”, nos hace en el capítulo XV “Un Hombre de Negro”, del encuentro entre el joven sabio Champollion y el Emperador Napoleón que llegaba a Francia, huyendo de la isla de Elba para retomar el poder, comenzando así el período conocido como “los Cien Días”:

“Posteriormente a su encuentro con el 5° regimiento, Napoleón Bonaparte entró con éxito en Grenoble, el corazón del Delfinado. Allí, ante los ojos de todos, el rebelde fugitivo se transformó de nuevo en príncipe. Inmediatamente en aquella ciudad, clave para su campaña, comenzó a trabajar al enviar numerosas cartas, órdenes y proclamas hacia diferentes puntos de Francia con la ayuda de un secretario particular que le había proporcionado el alcalde. El nombre del mencionado secretario era Jacques Joseph Champollion; mas esta casual situación le permitió conocer a su joven hermano de 24 años, quien tenía por su extraño aspecto oriental el sobrenombre de “el egipcio”.

-...Lo recuerdo muy bien –le comentó Napoleón a Jean François Champollion, mientras se encontraban sentados en medio de aquel ambiente poblado de libros, documentos y manuscritos que dejaban sentir ese especial aroma, tan embriagador para un erudito-. ¡Fue estremecedor! A través de esa atmósfera milenaria yo he palpado aquellos mágicos dibujos esculpidos en la piedra. ¡Como olvidarlo! –se expresó, a causa de esa evocación, consternado por la profunda emoción que lo embargaba-. Sé que encierran en sí mismos el conocimiento. ¡Sí, un conocimiento realmente superior! Parecían al ser tocados, que desprendían poder. ¿Quizás una locura? –le preguntó, al dirigir la mirada a su interlocutor de tez oscura que le respondió con una sonrisa cómplice-. Si es una locura -prosiguió-, debo admitir que no deja de ser la más fascinante.
-No. No es una locura –aseguró el joven Champollion-. Esta sabiduría que emana de sus formas, trasciende hasta nosotros para iluminar el pensamiento. Mas es un arduo camino iniciático.
-¿Creéis, Jean François, que se consiga descifrar la piedra de Rosetta?
-Sí. No obstante, muchos han seguido un rumbo equivocado.
-¿Cuál? –inquirió Napoleón sorprendido.
-La obra titulada “Hieroglyphica” de Horapolo.
-Es que él era egipcio, y el más cercano a los jeroglíficos –repuso el Emperador.
-Pero helenizado –le indicó el erudito con desenvoltura.
-Todos los que emprendieron esta tarea se han basado en el libro de Horapolo.
-Ciertamente –aseveró el joven, y luego guardó un silencio enigmático.
-Entonces, ¿por qué tomáis una postura tan terminante?
-Porque esta es la solución existente para lograr el desciframiento.
-Apartarse del camino trazado por Horapolo, ¿es posible?... –Napoleón dejó flotando aquella pregunta en el tranquilo recinto de la biblioteca recubierto con madera.
-No sólamente que es posible... –breve pausa-. Esta es la única alternativa que queda para alcanzar dicho objetivo. No hay ninguna más –subrayó con gran seguridad.
Napoleón Bonaparte lo miró sin pronunciar palabra, pues estaba preocupado por sus revelaciones, al concluir que el joven lingüista había resuelto transitar por un sendero muy escarpado. Champollion al ver esa idea reflejada en los ojos del Emperador, decidió continuar con la alocución, para acercarlo a esa solución que había germinado en su mente:
-En esta obra que todos han tomado como una guía indiscutible, Horapolo no interpreta en absoluto lo que estrictamente denominamos jeroglíficos. Él se remite tan sólo a dar el valor simbólico a las esculturas sagradas, es decir –señaló al elevar la voz-, los símbolos egipcios que aparecen en esculturas y que se distinguen notablemente de los jeroglíficos reales.
-Esto que manifestáis vos –insistió Napoleón, como poniendo a prueba el intelecto y la agudeza del joven Champollion- es totalmente contrario a la posición que han adoptado los estudiosos e investigadores de más valía y renombre.
-¡Sí! –contestó Jean François con severidad, para después alegar con aire altivo-. Pero las pruebas de lo que digo se hallan en los mismos monumentos egipcios.
-¿Cómo? ¿Esto es así? –inquirió el Emperador, mientras observaba al joven erudito comportarse en su materia con la misma audacia de un general en terreno mortal. Esta situación lo impresionó mucho, provocando en él su admiración.
-Indudablemente –afirmó el lingüista-. En las representaciones escultóricas vemos estos dibujos de los que habla tanto Horapolo en su obra, como la serpiente mordiéndose la cola, el buitre en la posición por él descripta, la lluvia celeste, el hombre sin cabeza, la paloma con la hoja de laurel y otros tantos más; pero nada de esto se ve en los jeroglíficos propiamente dichos –sentenció con gravedad.
-Habéis respondido con resolución. Todo está claramente expuesto por vos... –hizo Napoleón una pausa meditativa y luego continuó, al mismo tiempo que el joven lo contemplaba con sus misteriosos ojos orientales-. El puente que señaláis con ahínco, parece ser el último recurso que resta para franquear el obstáculo y llegar a la meta propuesta..., desentrañar el enigma.
-Y esto, es liberar su energía interior. Despertar los signos dormidos por medio de la pronunciación. Y el idioma copto –agregó el erudito-, es esencial para conseguir dicha meta. Aunque deriva fundamentalmente del griego, posee algunos caracteres que son adaptaciones de la antigua lengua egipcia. Es por eso, como os hablé antes, que me empeño tanto en su estudio. Veo en él la dorada llave que abrirá la puerta de ese pasado lejano, pero no inaccesible.
-¡Contad con mi apoyo! –le dijo Napoleón con franqueza.
-Os lo agradezco.
-Además Jean François, deseo que vuestro trabajo sobre gramática copta como el diccionario sean editados en París. Debe dársele impulso a lo que habéis emprendido con tanta tenacidad. Sois un hombre de singular talento, y os prometo mi ayuda en todo lo que esté a mi alcance”.

Algunos dicen que hubo un encuentro más entre los dos personajes mientras Napoleón permaneció en Grenoble. Lo curioso del caso es que durante su infancia y adolescencia, Champollion fue republicano y anti-bonapartista, y ahora, en los “Cien Días”, estará de parte de Napoleón, quien intentará recuperar su imperio, aunque esto durará muy poco tiempo. Incluso, Champollion tuvo bastantes problemas durante la Segunda Restauración, y aunque se le otorgaron reconocimientos académicos consiguiendo viajar a Egipto para terminar las investigaciones que lo llevaron allá, a su regreso murió el 4 de marzo de 1832, después de una innecesaria prolongación de la cuarentena que obligó a la embarcación que lo traía a permanecer 42 días adicionales en el puerto de Marsella. Bernardino Drovetti, cónsul francés en Alejandría, fue cómplice de esta situación, porque cuando Champollion desembarcó, la salud del joven egiptólogo era paupérrima. ¿Un asesinato masónico más?...

Volviendo al diálogo trascripto anteriormente, debemos reparar en el hecho de que Champollion logró descifrar los jeroglíficos en 1822 y por ende en este tramo de la novela que transcurre en marzo de 1815, el joven erudito habla de acuerdo con los conocimientos que poseía en ese momento; de lo contrario, Claudia habría incurrido en un anacronismo.

Si leemos el diálogo con detenimiento, notaremos que se menciona a un personaje cuyo nombre es Horapolo. Hasta la aparición de Champollion todos los estudiosos que quisieron descifrar los jeroglíficos, se basaron en la Hieroglyphica de Horapolo, quien fue un egipcio helenizado que presidió una escuela pagana mística en Alejandría durante el siglo V de nuestra era.

La Hieroglyphica fue comprada en 1416 en la isla de Andros por Cristóforo Buondelmonti, un culto viajante florentino que en 1422 la entregó a Marsilio Ficino, quien presidía un círculo secreto de humanistas florentinos llamado “La Ciudad Celeste”. La primera edición en griego se hizo en 1505, pero anteriormente el libro de Horapolo se popularizó entre los estudiosos humanistas de Florencia.
Champollion hizo caso omiso del libro de Horapolo, porque el místico alejandrino pretendió descifrar simbólicamente los jeroglíficos, olvidando que dichos signos representaban una lengua pronunciable y escrita mediante pictogramas e ideogramas que tenían su fonación. Más adelante volveré sobre este tema...